martes, octubre 6Revista digital ISSN 2744-8754

SEMBRAR CALMA PARA CUANDO LLEGUE LA TORMENTA

Una semilla no empieza a echar raíces cuando llega la tormenta. Las raíces ya estaban allí.

Se habían ido formando poco a poco, bajo la tierra, en silencio, mientras la planta crecía aparentemente ajena a que algún día tendría que enfrentarse al viento, a la lluvia o a la fuerza de una tormenta.

Con los niños ocurre algo parecido.

Cuando aparece la adversidad, no empezamos a construir las raíces que necesitan para sostenerse, esas raíces se han ido formando mucho antes, en los pequeños gestos cotidianos, en las relaciones que establecemos con ellos, en la seguridad que les ofrecemos y en las experiencias que repetimos una y otra vez hasta convertirlas en recursos internos.

Por eso, quizás una de las tareas más importantes de la escuela no es solamente enseñar a los niños qué hacer cuando llega la tormenta, sino preparar previamente el terreno para que cuando llegue puedan atravesarla de la mejor manera posible.

En Educación Infantil, tenemos un lugar privilegiado para hacerlo: La asamblea.

La asamblea el lugar donde se siembran las raíces.

La asamblea es mucho más que el momento del día en el que pasamos lista, hablamos del tiempo atmosférico, o presentamos las actividades que vamos a realizar. Es un espacio de encuentro, es el momento en el que el grupo se reconoce como grupo y cada niño puede sentirse reconocido dentro de él. Por esta razón, la asamblea es el corazón del aula.

Y precisamente   porque es el corazón, desde ella podemos ir sembrando aquello que los niños necesitarán cuando las circunstancias de la vida les exijan más de lo habitual.

Cada mañana cuando nos sentamos juntos, estamos enviando un mensaje que puede parecer sencillo, pero que tiene una enorme importancia: Aquí hay un lugar para ti. Hay un lugar para tu voz, para tus silencios, para tus preguntas y para tus emociones. La seguridad emocional se construye día a día, acompañando, ayudando y respetando a cada uno de los integrantes de este grupo.

Son pequeñas semillas que echarán, de manera progresiva raíces profundas.

Sembrar seguridad

La repetición de determinados rituales, canciones, saludos, conversaciones y rutinas proporcionan una estructura que les permite orientarse en el tiempo y en el espacio los niños necesitan saber que va a ocurrir, la asamblea tiene en este sentido una enorme capacidad para ofrecer previsibilidad.

Comenzar el día de una manera conocida, saber quién está, anticipar que vamos ha hacer, conocer los cambios que se producirán o disponer de un momento para expresar como nos sentimos ayuda a construir seguridad, y esta resulta especialmente valiosa cuando algo cambia, porque la vida del niño no siempre permanece estable. Puede aparecer una separación, una pérdida, un cambio de colegio, una dificultad familiar, un conflicto con un compañero que altere lo que hasta ese momento parecía seguro.

 

Sembrar palabras para poder nombrar lo que sentimos.

En la asamblea también sembramos algo esencial: el lenguaje emocional. A veces pedimos a los niños que se tranquilicen, que controlen su enfado o que no lloren, cuando todavía no disponen de las palabras necesarias para comprender lo que les está ocurriendo. Nombrar las emociones no hace desaparecer aquello que sentimos, pero nos permite empezar a comprenderlo.

Por eso cuando preguntamos en la asamblea ¿Cómo te sientes hoy?, no estamos haciendo únicamente una actividad de identificación emocional, estamos enseñando que lo que siento puede ser expresado, escuchado y acompañado. Podemos aprender que estar enfadado no nos convierte en malos, que sentir miedo no significa ser cobarde o que estar triste no es algo que debamos esconder. La asamblea se convierte así en un pequeño laboratorio de alfabetización emocional, y cada conversación, cada canción, cada conflicto que se aborda y cada emoción que se legitima contribuye a ampliar el repertorio de recursos del alumnado.

Sembrar cuando todo está tranquilo.

La calma también se practica cuando estamos tranquilos.

Podemos enseñar a respirar antes de que necesitemos utilizar la respiración para calmarnos, ensayar como pedir ayuda antes de encontrarnos ante una situación que nos desborde, aprender a esperar, a respetar turnos a captar pequeñas frustraciones y a reparar nuestros errores en momentos cotidianos y seguros.

La asamblea ofrece un contexto privilegiado para todo ello.

El maestro también forma parte de la raíz.

Los niños observan como reaccionamos ante los imprevistos, como hablamos cuando estamos enfadados, como resolvemos los conflictos y que hacemos cuando algo no sale como esperábamos. Por eso el maestro también siembra calma con su propia manera de estar.

Cuando finalmente llega la tormenta.

Y entonces algún día llega, llega una tormenta que no estaba prevista, y quizás ese día el niño llora más de lo habitual, necesita sentarse cerca del adulto o no quiere participar, ese día no empezamos a construir la raíces, las raíces ya estaban.

Están en aquella canción que cantamos cada mañana y nos calma y regula, en aquella rutina que repetimos, en la certeza de que siempre habrá un momento para contar como se sentía, en las palabras que aprendió para decir tengo miedo, tristeza o preocupación, en la experiencia de haber sido escuchado, en haber descubierto que los conflictos pueden repararse, en la mirada del adulto que le acompaña sin juzgar.

Quizás la tormenta no desaparezca, pero el niño no la atraviesa desde cero, tiene raíces.

 

 

Educar también es sembrar para el futuro.

A veces en educación, necesitamos aceptar que no siempre veremos inmediatamente el fruto de aquello que hacemos, pero educar también consiste en confiar en lo que estamos sembrando, por eso la asamblea puede ser más que una parte de un horario, puede ser un espacio cotidiano en el que construimos las raíces emocionales que ayudarán a nuestros alumnos a afrontar aquello que todavía desconocemos.

No sabemos que tormentas encontrarán a lo largo de su vida, no podemos protegerlos de todas ellas, pero si podemos ofrecerles un suelo fértil.

Porque una semilla no empieza a echar raíces cuando llega la tormenta, las raíces ya estaban creciendo y educar es en buena medida eso.

Sembrar hoy la calma que algún día necesitara para atravesar su propia tormenta.

Sobre Maria Pilar García Saavedra López de Lerma

Psicopedagoga y maestra. La educación ha sido para mí más que una profesión: un compromiso personal con las personas, sus ritmos y sus particulares necesidades. He acompañado a niños, familias y docentes en diferentes etapas y contextos durante 25 años.
Soy madre de dos hijos con neurodivergencias y acompañarlos me ha hecho mirar
la enseñanza tradicional con otros ojos. He comprendido en primera persona lo difícil que resulta encajar en sistemas educativos pensados para lo homogéneo, cuando la realidad es profundamente diversa.
Contacto
biscuter2025@gmail.com, Instagram y LinkedIn: @semilla.waldorf

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