Como seres humanos tenemos tendencia a buscar certeza en una realidad incierta. Desde nuestros tiempos ancestrales de caza-recolectores, donde el hecho de llegar al día siguiente tenía un alto grado de incertidumbre, hasta hoy en día, dónde cada vez más y más personas tienen acceso a un mañana seguro. En ninguna de estas sociedades la mayoría de personas ha logrado tener certeza de su condición material o de salud, por cualquier multitud de motivos. Cuando sucede la revolución agrícola, el cultivo se vuelve parte de nuestra sociedad definitivamente, no solo en el sentido literal, sino también en el cultural. El ser humano empieza a verse obligado a depender de ciclos climáticos y de ubicaciones concretas en lugar de buscar constantemente comida y refugio. La siembra, al volverse parte de nosotros, nos demuestra el hecho de que un esfuerzo hoy puede ser recompensado mañana, y esto empezó a cambiar nuestra relación con el mundo.
Ciertas incertidumbres nos lleva a querer conservar y ahorrar, ya sea recursos, tierra, comida, o cualquier otra necesidad. Cada vez que hay una abundancia de recursos, se busca una forma de conservarlos en caso de que haya alguna necesidad en el futuro. Aunque esto no sucede siempre, en casos de prosperidad extensa, el éxito se da por sentado y se minimiza el riesgo.
La agricultura no resolvió ninguna incertidumbre, simplemente extendió el plazo en el que pensamos. El esfuerzo del ser humano pasa a depender menos de las condiciones externas del mundo y más de sus propias capacidades de planeación — la adversidad se vuelve ligeramente menos externa.
Este patrón se repite a lo largo de la historia de nuestra cultura, culminando en la revolución industrial. Cultivar y sembrar, al menos desde entonces, han pasado de ser términos principalmente relacionados a la subsistencia y se han convertido en sinónimo de mejora e incremento. Ahora muy pocas personas aran la tierra o siembran semillas, sin embargo las ideas culturales ya fueron sembradas y han dado sus frutos en nosotros. El acceso al ya existente cultivo de ideas, se multiplica súbitamente, y cada vez más gente puede participar, lo cual expande aún más este jardín, hasta hoy en día, donde podemos sembrar en nuestros seres las semillas de lo que anhelamos que crezca en nosotros. A través de labores como el arte, el deporte, la filosofía, la ciencia, entre miles de otras gozamos del privilegio de cultivar nuestra propia mente y cuerpo.
Aunque las condiciones sociales han cambiado drásticamente en los últimos 20,000 años, el ser humano, como ser físico, no ha cambiado mucho en ese tiempo. Al enfrentarse a la adversidad hemos buscado soluciones que funcionen inmediatamente. Esto no es algo necesariamente malo, el problema es que nuestros sensores a veces no están bien calibrados. El hecho de perder una fuente de alimentos –por ejemplo, que una manada de ciervos muera por una plaga– significaba la muerte de la mayor parte de la comunidad, y posiblemente la propia. En el caso de la agricultura, esto no cambió mucho, una siembra fallida significaba hambrunas prolongadas. Hoy en día, perder nuestro trabajo no significa la muerte de nuestros seres queridos y la propia, pero nuestra reacción se mantiene igual. Esta analogía se puede aplicar también a problemas sociales. En nuestra época de caza recolectores, ser expulsado del grupo también significaba la muerte segura, hoy en día hacer el ridículo no mata a nadie.
Ahora casi toda nuestra adversidad –la pobreza, el cambio climático, la contaminación, las guerras, entre muchas otras– son autoinfligidas. Esto, sumado al cambio social que trajo la revolución industrial de la mano del capitalismo, nos han llevado a creer que somos cada vez más y más independientes del mundo que nos rodea. En el presente, incluso nuestra cultura se ha vuelto individualizada; los algoritmos eliminan los “memes”1, que compartimos y nos aíslan de nuestra propia cultura.
Estas ideas en conjunto, el ser humano relativamente estático, la sociedad radicalmente diferente, y los problemas cada vez más creados por nosotros mismos nos han llevado a la percepción de que nosotros existimos en un segmento diferente de la realidad, donde existimos como seres perfectamente individuales y tenemos control absoluto. Es muy fácil pensar que perder el empleo es completamente culpa nuestra, o que cualquier daño que nos suceda fue creado por nosotros mismos.
Hasta ahora he hablado un poco de la historia desde una perspectiva pasiva; la historia simplemente pasó. La realidad es que la historia no “sucedió”, nosotros como humanidad fuimos quienes la vivimos. Los caza recolectores no eran individuos que iban de vez en cuando a recolectar bayas o a cazar un animal, eran parte de una comunidad en donde se cuidaban mutuamente y juntos se enfrentaban a la adversidad. Los campos no se araban solos, las semillas no crecen sin ayuda. Nosotros nunca hemos estado solos y es muy poco lo que podemos hacer por nuestra cuenta. Por más grandiosa que sea nuestra mente, y su capacidad infinita de crear mundos e ideas, somos seres terrenales, seres finitos.
La mejora personal, los libros de autoayuda, la medicina, todos dan herramientas para el individuo. Pero si se quiere tener un gran cultivo personal, sea de ideas, sea de belleza, sea de cualquier cosa, se necesita la ayuda de más personas. Nosotros acumulamos recursos, ideas, cosas, para prevenir nuestra adversidad como individuos, pero no hay que olvidar que todos hacemos eso. Cuando en la riqueza nos quedamos con demasiadas semillas para nuestro jardín, o en la pobreza no tengamos agua para ellas, quizá en tu prójimo encuentres tanto tierra fértil como agua fresca.
1 Término originalmente concebido por Richard Dawkins como “genes culturales”
Sobre David Felipe Alvarado Salas
Maestro en Música. Universidad El Bosque
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