Hay momentos en los que la tierra parece recordarnos que no todo está bajo nuestro control.
Un movimiento inesperado, una erupción volcánica, una tormenta que cambia el paisaje, un cielo cubierto de humo o una noticia que llega desde muy lejos pueden alterar, aunque sea por unos instantes, la sensación de seguridad con la que organizamos nuestra vida cotidiana. De pronto, aquello que dábamos por estable deja de parecerlo.
A lo largo de estos años he acompañado familias que vivieron de cerca erupciones volcánicas, o la DANA; otras contemplaron el cielo rojo provocado por las llamas. Ahora todos conocemos a alguien que en mayor o menor medida ha sentido temblar la tierra bajo sus pies. La Tierra, de tanto en tanto, sacude comunidades enteras y nos recuerda que habitamos un mundo vivo, cambiante y, en ocasiones, imprevisible.
De todo lo que me contaron esas familias destaco especialmente: su fortaleza.
No una fortaleza entendida como ausencia de miedo. Al contrario. Tenían miedo. Estaban asustadas. Algunas no sabían qué iba a ocurrir después. Sin embargo, el miedo no las paralizó. Siguieron cuidando, tomando decisiones, buscando información, acompañando a sus hijos y tratando de sostener la vida cotidiana en medio de la incertidumbre.
Y quizá ahí encontremos una de las enseñanzas más profundas que podemos ofrecer desde nuestro hogar: no necesitamos educar a nuestros hijos para un mundo completamente seguro, porque ese mundo no existe. Podemos, en cambio, ayudarles a desarrollar recursos para vivir en un mundo que no podemos controlar.
Aprender a sostenernos
Cuando hablamos de resiliencia, a veces pensamos en personas que parecen capaces de superar cualquier dificultad sin quebrarse. Imaginamos fortaleza, seguridad y una especie de calma permanente. Sin embargo, las historias de estas familias nos muestran otra realidad.
Ser resiliente no significa no sentir miedo. Significa poder sentirlo y, aun así, encontrar la manera de seguir adelante.
La resiliencia no siempre aparece en grandes gestos. Muchas veces se construye en acciones pequeñas: preparar una mochila, llamar a un familiar, escuchar al otro cuando necesita hablar, buscar un lugar seguro, compartir alimentos, descansar cuando es posible o reconocer que no tenemos todas las respuestas.
También se construye cuando una madre puede decir: “Estoy asustada, pero vamos a pensar juntos qué podemos hacer”.
Esa frase puede enseñar mucho más que cualquier discurso sobre la valentía. Les muestra a nuestros hijos que las emociones difíciles no nos convierten en personas incapaces. Que podemos estar preocupados y seguir actuando. Que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Que no tenemos que resolverlo todo solos.
En casa, la resiliencia se aprende en la manera en que respondemos a los pequeños contratiempos de cada día. Se aprende cuando una actividad no sale como esperábamos, cuando un proyecto necesita rehacerse, cuando una relación atraviesa un conflicto o cuando tenemos que cambiar nuestros planes.
Cada una de esas experiencias puede convertirse en una oportunidad para practicar una pregunta sencilla:
“¿Qué podemos hacer ahora?”
No siempre podremos cambiar lo que ha sucedido. Pero sí podemos aprender a observar, respirar, pedir apoyo, tomar decisiones y dar el siguiente paso.
Educar para un mundo que no podemos controlar
Una de las tareas más delicadas de la crianza consiste en proteger a nuestros hijos sin transmitirles la idea de que el mundo debe ser siempre previsible.
Queremos que se sientan seguros, pero no podemos prometerles que nunca ocurrirá nada difícil. Queremos evitarles el sufrimiento, pero tampoco podemos construir una vida completamente libre de pérdidas, cambios, incertidumbres o decepciones.
Por eso, quizá nuestra responsabilidad no sea eliminar todas las dificultades de su camino, sino acompañarlos mientras desarrollan herramientas para afrontarlas.
En el homeschooling contamos con una oportunidad especial para hacerlo. La educación no está separada de la vida. Podemos detener una lección para hablar de una noticia, observar cómo se organiza una comunidad después de una emergencia, investigar por qué se producen los terremotos, comprender el comportamiento de un volcán o preguntarnos qué necesitan las personas cuando pierden su casa.
No se trata de convertir cada tragedia en una actividad escolar ni de exponer a los niños continuamente a noticias dolorosas. Se trata de reconocer que, cuando algo nos conmueve, también puede abrirse un espacio para conversar, comprender y aprender.
A veces bastará con escuchar una pregunta.
“¿Por qué ha pasado esto?”
“¿Y si nos ocurriera a nosotros?”
“¿Quién ayuda a esas personas?”
No siempre tendremos una respuesta perfecta. Y eso también forma parte del aprendizaje. Podemos decir que no lo sabemos, buscar información juntos y reconocer que hay situaciones que no podemos anticipar.
Educar en la incertidumbre no consiste en asustar a nuestros hijos. Consiste en enseñarles que, aunque no controlemos todo lo que ocurre, sí podemos prepararnos, cuidar de otros y tomar decisiones responsables.
La solidaridad empieza mucho antes de una emergencia
Cuando ocurre una catástrofe, solemos ver imágenes de ayuda: personas que llevan alimentos, vecinos que abren sus casas, profesionales que trabajan durante horas y comunidades que se organizan para atender a quienes lo necesitan.
Sin embargo, la solidaridad no nace únicamente cuando llega una emergencia. Se construye mucho antes, en el núcleo familiar.
Nace cuando aprendemos a mirar más allá de nuestras propias necesidades. Cuando entendemos que alguien puede estar pasando por un momento difícil, aunque no lo diga. Cuando compartimos, colaboramos y nos preguntamos qué podemos aportar.
En casa, la solidaridad puede aparecer al preparar una donación, participar en una iniciativa comunitaria, escribir un mensaje de ánimo, o ayudar a un vecino. También puede estar presente en algo tan sencillo como aprender a escuchar sin interrumpir y ofrecer compañía sin intentar solucionar inmediatamente el dolor de otra persona.
Nuestros hijos necesitan descubrir que ayudar no siempre significa hacer algo grande. A veces significa estar disponibles. Otras veces significa respetar, esperar, preguntar qué hace falta o aceptar que no somos nosotros quienes debemos dirigir la ayuda.
La solidaridad también requiere humildad. No se trata de colocarnos por encima de quienes sufren, sino de reconocer que cualquiera de nosotros podría necesitar apoyo algún día.
El valor de una familia que aprende junta
Una familia que educa en casa no tiene que convertirse en una familia preparada para todas las situaciones. No necesitamos tener respuestas para cada pregunta ni controlar cada variable de la vida de nuestros hijos.
Podemos ser, sencillamente, una familia que aprende junta.
Una familia que reconoce el miedo sin alimentarlo. Que habla de las dificultades sin dramatizarlas. Que busca información fiable. Que practica la colaboración. Que entiende que la seguridad no depende únicamente de tener todo previsto, sino también de saber a quién acudir cuando algo cambia.
Nuestros hijos no necesitan vernos como personas invulnerables. Necesitan saber que podemos sentirnos inseguros y, aun así, actuar con responsabilidad. Necesitan descubrir que la fortaleza puede convivir con las lágrimas, que la valentía puede tener una voz temblorosa y que pedir ayuda puede ser uno de los actos más sensatos que existen.
Educar en resiliencia y solidaridad es, en el fondo, enseñar a sostenernos.
A sostenernos cuando la tierra se mueve, cuando los planes cambian, cuando aparecen noticias difíciles o cuando no sabemos qué ocurrirá mañana. A sostenernos dentro de la familia, pero también como parte de una comunidad más amplia.
Porque no podemos controlar todos los acontecimientos que marcarán nuestra vida. Lo que sí podemos cultivar es la capacidad de responder con cuidado, con conciencia y con humanidad.
Y quizá esa sea una de las formas más importantes de aprender de la tierra: recordar que somos vulnerables, pero que no estamos solos; que, incluso en medio de la incertidumbre, podemos encontrar una mano que nos sostenga, una voz que nos acompañe y una oportunidad para tender la nuestra a alguien más.
Sobre Josune Segovia Bueno
Madre homeschooler, experta en Educación Alternativa
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