martes, agosto 4Revista digital ISSN 2744-8754

El Miedo que Enseñamos, Antes que Nada 

Una reflexión sobre qué le hacemos al cerebro cuando le enseñamos que el error es enemigo. 

Hace poco, en una escuela rural de Ciénaga Magdalena, una niña de ocho años levantó la mano para responder una pregunta de matemáticas. Su respuesta fue incorrecta. Antes de que se tuviera el tiempo de decir algo, ella misma se hundió en la silla. Nadie la reprendió. Nadie la humilló. Sin embargo, su cuerpo ya sabía lo que significaba equivocarse: vergüenza, miedo e invisibilidad. 

Aquella escena me llevó a formular una pregunta que sigue acompañándome: ¿en qué momento dejamos de entender el error como parte natural del aprendizaje y comenzamos a vivirlo como un fracaso personal? 

Hay niños que aprenden en silencio. No porque no tengan nada que decir ni porque carezcan de inteligencia. Muchas veces guardan silencio porque la escuela les ha enseñado que equivocarse puede tener un costo demasiado alto. 

I. El miedo es el primer currículo oculto 

 Hablamos mucho de currículos ocultos en la pedagogía. Sabemos que mientras enseñamos matemáticas, estamos enseñando obediencia. Mientras enseñamos historia, estamos enseñando a quién creer. Pero hay un currículo aún más escondido, y más profundo, casi invisible: enseñamos miedo. 

No es intencional, generalmente. Pero está ahí, en cada retroalimentación que comienza con lo que está mal. En cada prueba que se califica con rojo. En cada comentario que ante un error dice: «¿Cómo es posible que no lo hayas entendido?» En cada comparación con el compañero que «sí pudo». El mensaje es consistente: hay algo malo en ti si te equivocas. 

Y aquí es donde necesito ser honesto conmigo mismo como docente: yo también lo hice. Durante años. Creí que la exigencia era motivación. Que el señalamiento del error era corrección. Que la presión llevaba al aprendizaje. Aprendí eso como estudiante, lo practiqué como maestro, y casi sin darme cuenta, estaba replicando exactamente lo que el sistema había hecho conmigo. 

 El miedo que experimenté en mi propia escolaridad no estaba en los libros de texto. Vivía en la presencia o la ausencia de un maestro que confiara en mí. 

 

II. Lo que le hace el miedo a un cerebro en desarrollo 

 La neurociencia tiene algo urgente que decirnos: cuando un estudiante tiene miedo, la sangre se retira de la corteza prefrontal, donde ocurren el pensamiento complejo, la creatividad y la resolución de problemas. En cambio, fluye hacia el tronco encefálico, hacia los sistemas de supervivencia. El cerebro en miedo no aprende. Sobrevive. 

Estamos construyendo aulas donde los niños pueden estar físicamente seguros, pero neurobiológicamente en pánico. Y después, cuando no aprenden, decimos que es porque no pueden. No es porque no puedan. Es porque su cuerpo no les permite. 

En mis años trabajando con niños diagnosticados con dislexia, he visto esto con claridad aterradora. Muchos de estos niños no tienen un problema con el procesamiento de la lectura. Tienen un problema con el miedo a equivocarse leyendo en voz alta. El miedo a colonizado sus cerebros de tal manera que la amígdala secuestra cada intento de lectura antes de que pueda ser un acto de aprendizaje. 

Lo peor es esto: cuanto más inteligente es el niño, más agudamente siente el miedo de no ser perfecto. Los niños altamente sensibles, neuro diversos, con capacidades excepcionales en algunas áreas y dificultades específicas en otras, están especialmente vulnerables. Porque viven el contradictorio conflicto de saber que pueden, pero no perimírselo por miedo. 

 Eso no es educación. Eso es toxicidad neurobiológica disfrazada de rigor académico. 

III. La perfección como arma contra la diversidad 

 Conviene detenerse en una idea que pocas veces se cuestiona: la búsqueda de la perfección en la escuela no siempre responde únicamente a criterios pedagógicos. Históricamente, la educación también ha sido utilizada para definir qué formas de pensar, hablar y aprender son consideradas legítimas. Ya en el siglo XIX, José Joaquín de la Peña (1842), en Ensayo sobre la perfección del hombre, concebía la educación como un medio para conducir al ser humano hacia un ideal de perfección física, moral e intelectual. Aunque esa aspiración respondía a su contexto histórico, también refleja una larga tradición educativa orientada a formar un modelo considerado universal. 

El problema surge cuando ese ideal deja de ser una referencia ética para convertirse en un patrón único al que todos deben ajustarse. Desde una perspectiva crítica, autores como Paulo Freire (1970) y Boaventura de Sousa Santos (2018) advierten que toda educación que privilegia una única manera de conocer corre el riesgo de invisibilizar otros saberes y otras formas de comprender el mundo. En este sentido, la obsesión por la perfección puede transformarse en un mecanismo de homogeneización que termina excluyendo a quienes aprenden, hablan o interpretan la realidad desde referentes distintos. 

Las consecuencias son visibles en la vida cotidiana de las escuelas. Durante décadas, escribir con la mano izquierda fue considerado un defecto que debía corregirse. Los acentos regionales suelen interpretarse como una carencia frente a un modelo lingüístico dominante. Los saberes transmitidos oralmente por comunidades indígenas o afrodescendientes con frecuencia reciben menor reconocimiento que aquellos expresados mediante los códigos académicos tradicionales. Del mismo modo, estudiantes con dislexia u otros perfiles neurodivergentes son evaluados desde parámetros diseñados para formas diferentes de procesamiento cognitivo. En todos estos casos, la diferencia deja de entenderse como diversidad y comienza a ser tratada como desviación respecto de una norma. 

Por ello, la perfección difícilmente puede asumirse como un ideal neutro. Cuando se identifica con una única manera válida de aprender, pensar o expresarse, termina convirtiéndose en un instrumento que limita el reconocimiento de la diversidad humana, precisamente el fundamento sobre el cual debería construirse una educación verdaderamente inclusiva. 

IV. El acto revolucionario de aprender sin miedo 

Llegados a este punto, surge una pregunta inevitable: ¿qué significa realmente educar más allá de la perfección? 

No significa renunciar a la exigencia ni disminuir las expectativas sobre los estudiantes. Tampoco implica aceptar que cualquier respuesta sea suficiente. Educar más allá de la perfección supone algo mucho más desafiante: construir aulas donde el error deje de ser motivo de vergüenza y se convierta en una fuente legítima de aprendizaje. 

Durante mucho tiempo la escuela ha asociado el error con el fracaso. Sin embargo, la evidencia científica muestra justamente lo contrario. En el campo de la neurociencia cognitiva, diversos estudios han demostrado que detectar un error activa procesos de revisión, ajuste y consolidación del aprendizaje. En otras palabras, equivocarse no interrumpe el aprendizaje; constituye una de las formas mediante las cuales el cerebro aprende con mayor profundidad cuando existe retroalimentación y un entorno emocionalmente seguro (Immordino-Yang, 2016; Moser et al., 2011). 

Carol Dweck (2006) denominó este proceso mentalidad de crecimiento: comprender que las capacidades no son atributos fijos, sino habilidades que pueden desarrollarse mediante la práctica, el acompañamiento y la reflexión. Desde esta perspectiva, el error deja de ser una evidencia de incapacidad para convertirse en información valiosa sobre el camino que aún queda por recorrer. 

Esta idea encuentra eco en numerosas tradiciones pedagógicas y culturales. Diversas experiencias de educación intercultural y etnoeducativa muestran que aprender no consiste únicamente en acumular respuestas correctas, sino en dialogar con la experiencia, contrastar saberes y construir conocimiento colectivamente. El aprendizaje ocurre precisamente allí donde existe la posibilidad de preguntar, explorar y volver a intentar. 

Con el paso de los años comprendí que esta transformación no comienza modificando los contenidos del currículo, sino cambiando la relación que construimos con nuestros estudiantes. 

Recuerdo el momento en que decidí dejar de centrar mi atención en la respuesta perfecta para empezar a valorar el proceso de aprendizaje. El cambio fue casi imperceptible al principio, pero profundamente revelador. Los niños comenzaron a levantar la mano con mayor frecuencia. Se atrevían a formular preguntas. Dejaban de mirar a sus compañeros antes de responder, como buscando confirmar si tenían permiso para equivocarse. El ambiente del aula parecía respirar de otra manera. 

No era casualidad. 

El informe PISA 2022, publicado por la OCDE, encontró que los estudiantes que perciben un clima escolar basado en el apoyo, el respeto y el sentido de pertenencia muestran mayores niveles de bienestar, compromiso y aprendizaje. Cuando el aula se convierte en un espacio seguro, disminuye el miedo al error y aumenta la disposición para participar, explorar y resolver problemas. 

He podido observarlo también en estudiantes con dislexia y otras formas de diversidad en el aprendizaje. Cuando dejan de interpretar cada equivocación como una prueba de incapacidad y comienzan a comprender que aprender implica recorrer caminos distintos, su confianza cambia. No desaparecen las dificultades, pero sí disminuye el miedo que muchas veces las amplifica. 

Algo semejante ocurre en contextos interculturales. Una estudiante hablante de una lengua indígena participa con mayor libertad cuando descubre que su acento no representa una deficiencia, sino una expresión legítima de su identidad. Un niño cuyos conocimientos provienen de la tradición oral encuentra nuevas posibilidades de aprendizaje cuando la escuela reconoce esos saberes como parte del conocimiento y no como simples curiosidades culturales. 

Quizá ahí radique una de las tareas más importantes de la educación contemporánea: construir escuelas donde nadie tenga que elegir entre aprender y ser quien es. 

Porque el aprendizaje auténtico necesita algo que rara vez aparece en las pruebas estandarizadas: como lo es la confianza. 

Y la confianza solo puede florecer allí donde existe respeto, reconocimiento y pertenencia. 

Cuando una escuela convierte el error en una oportunidad para comprender, en lugar de una razón para avergonzar, ocurre algo profundamente transformador: los estudiantes dejan de aprender para evitar el fracaso y comienzan a aprender por el deseo genuino de comprender. 

 En ese momento, la educación deja de ser un mecanismo de selección para convertirse en un espacio donde cada persona puede desarrollar sus capacidades sin renunciar a su identidad. 

 Quizá esa sea la verdadera revolución pedagógica: no formar estudiantes incapaces de equivocarse, sino personas que descubran que cada error también puede ser el comienzo de un nuevo aprendizaje. 

V. Una pregunta que no deja de acompañarme 

 Después de años de ejercer la docencia, sigo convencido de que muchas de las preguntas más importantes sobre la educación nunca aparecen en los planes de estudio. 

Hay una, en particular, que vuelve a mí cada vez que entro a un salón de clases: ¿Cuánto tiempo necesita un niño para convencerse de que equivocarse no disminuye su valor como persona? Quizá la pregunta también podría formularse de otra manera: ¿cuántas experiencias de miedo bastan para que un estudiante deje de levantar la mano, de hacer preguntas o de confiar en sus propias capacidades?  

No conocemos una respuesta exacta. Ninguna investigación puede establecer el momento preciso en que un niño comienza a asociar el error con la vergüenza. Sin embargo, la evidencia acumulada durante las últimas décadas permite sostener una hipótesis preocupante: el miedo repetido modifica profundamente la forma en que los estudiantes participan, aprenden y construyen su identidad como aprendices. 

Los estudios sobre sentido de pertenencia escolar desarrollados por Gregory Walton y Geoffrey Cohen muestran que cuando un estudiante percibe que es valorado, respetado y aceptado dentro de su comunidad educativa, aumenta su motivación, su persistencia y su desempeño académico. Por el contrario, cuando siente que constantemente debe demostrar que merece estar allí, gran parte de su energía deja de dirigirse al aprendizaje y comienza a invertirse en protegerse del juicio de los demás (Walton & Cohen, 2011; Walton, 2023). 

Esta idea encuentra respaldo también en la investigación sobre seguridad psicológica. Amy Edmondson ha demostrado que las personas aprenden con mayor profundidad cuando pueden formular preguntas, reconocer dudas y cometer errores sin temor a ser ridiculizadas. Aprender implica asumir riesgos intelectuales, y nadie asume riesgos cuando percibe que equivocarse tendrá consecuencias para su dignidad. 

Tal vez por eso algunos silencios dentro del aula deberían preocuparnos más que las respuestas incorrectas. 

El estudiante que nunca participa no siempre es el que menos sabe. En ocasiones es quien aprendió que hablar puede ser peligroso. La niña que evita leer en voz alta quizá no teme a la lectura, sino a la posibilidad de ser juzgada. El adolescente que responde únicamente con frases breves puede estar protegiéndose de una experiencia repetida de comparación o descalificación. 

En estos casos, el problema ya no reside en la capacidad para aprender, sino en las condiciones emocionales y relacionales que hacen posible ese aprendizaje. 

Mary Helen Immordino-Yang sostiene que las emociones no acompañan al aprendizaje como un elemento accesorio; constituyen parte de su arquitectura. Todo conocimiento adquiere significado a través de las experiencias afectivas que lo acompañan. Por ello, una escuela que normaliza el miedo difícilmente podrá aspirar a formar estudiantes curiosos, críticos o creativos. El cerebro aprende mejor cuando encuentra sentido, confianza y relaciones humanas significativas. 

Esto obliga a replantear una idea profundamente arraigada en muchas instituciones educativas: creer que el rigor depende del temor. 

La evidencia disponible apunta exactamente en la dirección contraria. Las aulas que combinan altas expectativas con relaciones de apoyo, retroalimentación respetuosa y confianza mutua no solo favorecen el bienestar de los estudiantes, sino que también obtienen mejores resultados de aprendizaje. El desafío, entonces, no consiste en elegir entre calidad o inclusión. Consiste en comprender que una educación de calidad solo puede construirse cuando todas las personas encuentran un lugar seguro para aprender. 

Desde esta perspectiva, quizá la pregunta más importante ya no sea cuánto tarda un niño en perder el miedo a equivocarse. 

La verdadera pregunta es otra: 

¿Qué tipo de escuela queremos construir: una donde los estudiantes dediquen sus esfuerzos a demostrar que no se equivocan, o una donde puedan utilizar cada error para comprender mejor el mundo y comprenderse mejor a sí mismos? 

Porque, al final, la misión más profunda de la educación no consiste en formar personas incapaces de fallar. Consiste en formar seres humanos capaces de aprender durante toda la vida sin que una equivocación les haga dudar de su propia dignidad. 

Existe, además, una consecuencia que pocas veces se discute. Cuando un estudiante aprende durante años que su valor depende de acertar, no solo cambia su manera de responder en clase; cambia también la forma en que se relaciona consigo mismo. El error deja de ser un acontecimiento propio del aprendizaje y comienza a convertirse en una medida de su identidad. La psicología ha denominado este fenómeno autoeficacia académica: las creencias que una persona desarrolla sobre su capacidad para aprender condicionan, en gran medida, su motivación, su perseverancia y el modo en que afronta nuevos desafíos (Bandura, 1997). En otras palabras, los estudiantes no abandonan únicamente porque un contenido sea difícil; con frecuencia abandonan porque dejan de creer que son capaces de aprenderlo. 

Esta idea adquiere una relevancia aún mayor cuando hablamos de estudiantes pertenecientes a grupos históricamente excluidos. Las investigaciones sobre amenaza del estereotipo (stereotype threat), desarrolladas por Claude Steele y Joshua Aronson, muestran que cuando una persona percibe que será evaluada a partir de prejuicios asociados a su grupo social, su desempeño puede verse afectado incluso antes de comenzar la tarea (Steele & Aronson, 1995). Lo que está en juego no es solamente el conocimiento, sino la carga emocional de sentirse permanentemente puesto a prueba. En contextos educativos interculturales, esta evidencia invita a preguntarnos cuántas veces hemos interpretado como falta de capacidad lo que, en realidad, era el resultado de un entorno poco seguro para aprender. 

Por eso, quizá la verdadera pregunta ya no sea cuánto tarda un niño en perder el miedo a equivocarse. La pregunta que debería interpelarnos como docentes, investigadores y responsables de las políticas educativas es otra: ¿qué tipo de experiencias estamos ofreciendo para que nuestros estudiantes construyan una relación saludable con el aprendizaje? Si la escuela enseña que el error es una vergüenza, formará personas que evitarán los desafíos. Si, por el contrario, enseña que el error es una oportunidad para comprender, formará personas capaces de aprender, adaptarse e innovar a lo largo de toda la vida. 

En este punto, la evidencia científica y la experiencia pedagógica convergen en una misma conclusión: no existe contradicción entre excelencia e inclusión. Las escuelas que promueven la confianza, el sentido de pertenencia, la retroalimentación formativa y el reconocimiento de la diversidad no reducen la calidad educativa; la fortalecen. Como señala la OCDE en los resultados de PISA 2022, los sistemas educativos que favorecen el bienestar y el compromiso de los estudiantes crean mejores condiciones para el aprendizaje sostenible y para el desarrollo de competencias complejas que difícilmente pueden florecer en ambientes dominados por el miedo. 

Tal vez, entonces, el legado más importante que una escuela pueda dejar no sea una generación de estudiantes que nunca se equivocaron, sino una generación de personas que nunca confundieron una equivocación con una derrota. Porque quien aprende a convivir con el error desarrolla algo mucho más valioso que la respuesta correcta: desarrolla la confianza para seguir aprendiendo. Y esa confianza, más que cualquier calificación o estándar, es la que permite a un ser humano transformar su realidad sin renunciar a quien es. 

Epílogo: la última lección que deja una escuela 

He escrito este artículo casi como una confesión. 

No porque crea haber encontrado respuestas definitivas, sino porque comprendí que algunas preguntas solo aparecen cuando un maestro tiene el valor de dejar de mirar exclusivamente a sus estudiantes y comienza, por fin, a mirarse a sí mismo. 

Durante años pensé que enseñar consistía en explicar mejor, evaluar con mayor precisión y lograr que mis estudiantes alcanzaran los resultados esperados. Como muchos docentes, aprendí a medir el éxito mediante indicadores visibles: una buena calificación, una respuesta correcta, un porcentaje de aprobación, un reconocimiento institucional. Nunca me pregunté con suficiente profundidad qué ocurría en el mundo interior de aquellos niños mientras intentaban alcanzar esos resultados. 

Con el tiempo descubrí una verdad incómoda: es posible obtener excelentes desempeños académicos y, al mismo tiempo, formar seres humanos que viven con miedo de equivocarse. 

Y esa constatación cambió para siempre mi manera de comprender la educación. 

Porque una escuela no enseña únicamente aquello que aparece escrito en el currículo. 

Toda escuela, incluso sin proponérselo, responde silenciosamente a preguntas mucho más profundas. 

¿Qué significa tener valor? 

¿Quién merece ser escuchado? 

¿Qué diferencia merece ser corregida y cuál merece ser protegida? 

¿Quién tiene derecho a equivocarse? 

¿Quién decide qué significa aprender? 

Estas preguntas rara vez aparecen en los documentos institucionales. Sin embargo, todos los días reciben una respuesta dentro del aula. 

Cada gesto del maestro responde. 

Cada forma de evaluar responde. 

Cada silencio responde. 

Cada mirada responde. 

Incluso aquello que decidimos ignorar responde. 

Tal vez por eso Hannah Arendt afirmaba que educar significa decidir si amamos al mundo lo suficiente como para asumir la responsabilidad de él. Siempre me ha parecido una frase hermosa, pero hoy creo que también encierra una advertencia. Educar implica decidir qué humanidad heredarán quienes vienen detrás de nosotros. 

No existe acto pedagógico neutral. 

Cada decisión que tomamos dentro del aula favorece una determinada manera de comprender la vida. 

Cuando premiamos únicamente la obediencia, enseñamos obediencia. 

Cuando valoramos solamente la rapidez, enseñamos que quien necesita más tiempo vale menos. 

Cuando convertimos el error en motivo de vergüenza, enseñamos que la dignidad depende del desempeño.  

Y cuando una niña termina creyendo que su voz tiene menos valor porque habla una lengua distinta, o un niño con dislexia piensa que su inteligencia cabe en una calificación, la herida que deja la escuela trasciende cualquier contenido curricular. 

En ese momento ya no estamos formando estudiantes. 

Estamos formando la imagen que una persona tendrá de sí misma durante muchos años. 

Quizá toda educación sea, en el fondo, una conversación permanente sobre la condición humana. 

Edgar Morin insistía en que uno de los grandes desafíos del siglo XXI consiste en enseñar la condición humana antes que fragmentar el conocimiento en disciplinas aisladas. Tenía razón. Hemos aprendido a enseñar fórmulas, conceptos y procedimientos con enorme precisión, pero seguimos encontrando dificultades para enseñar algo mucho más esencial: que ningún ser humano puede reducirse a una nota, un diagnóstico, un estándar o una rúbrica. 

Vivimos en una época que ha convertido el rendimiento en una forma de identidad. Ya no basta con hacer las cosas bien; parece necesario demostrar permanentemente que somos suficientes. La lógica del desempeño ha penetrado también en las escuelas. Los estudiantes aprenden desde muy temprano que deben producir resultados, competir, destacarse y acumular evidencias de éxito. Poco a poco, el valor de la persona corre el riesgo de confundirse con la productividad que es capaz de exhibir. Quizá por eso el miedo al error se ha vuelto tan persistente. Porque donde todo parece medirse, cualquier equivocación comienza a sentirse como una amenaza para el propio valor. 

 No me preocupa que mis estudiantes olviden una fecha histórica, una fórmula matemática o una definición aprendida en clase. 

Me preocupa mucho más que olviden que tenían derecho a hacer preguntas. 

Me preocupa que un niño llegue a la adultez creyendo que pensar diferente era un defecto. 

Me preocupa que una niña deje de hablar la lengua de sus abuelos porque la escuela le enseñó, sin decirlo explícitamente, que algunas voces tienen más prestigio que otras. 

Me preocupa que alguien pase toda su vida confundiendo excelencia con perfección. 

Porque cuando eso ocurre, la escuela habrá conseguido algo infinitamente más grave que un bajo resultado académico. 

Habrá logrado que un ser humano dude de sí mismo. 

Y pocas derrotas son tan silenciosas como esa. 

Por eso este texto no es únicamente una reflexión sobre pedagogía. 

Es también una invitación a recuperar el sentido profundamente humano de educar. 

A recordar que antes de enseñar contenidos enseñamos maneras de mirar el mundo. 

Antes de corregir errores moldeamos identidades. 

Antes de formar profesionales acompañamos la construcción de personas. 

Quizá dentro de veinte años ninguno de mis estudiantes recuerde este artículo. 

Pero si alguno de ellos recuerda que un día encontró un aula donde pudo equivocarse sin dejar de sentirse valioso, entonces habré comprendido que la educación nunca consistió en fabricar personas perfectas. 

Consistió, desde el principio, en algo mucho más difícil y mucho más hermoso: 

ayudar a otro ser humano a descubrir que su dignidad nunca dependió de hacerlo todo bien, sino de atreverse, una y otra vez, a seguir aprendiendo sin dejar de ser quien es. 

 

Referencias  

Bandura, A. (1997). Self-efficacy: The exercise of controlW. H. Freeman. 

Castellanos, N. (2021). El espejo del cerebro: Neurociencia y felicidad. La Huerta Grande. 

Constitución Política de Colombia. (1991). Artículo 7. Gaceta Constitucional No. 116 del 20 de julio de 1991. 

De la Cruz Hernández, I., & Areiza Serna, L. T. (Eds.). (2022). Suma iuiai: Pensar bonito. Editorial Universidad Industrial de Santander. https://books.google.com/books?id=kTIxEQAAQBAJ  

De la Peña, J. J. (1842). Ensayo sobre la perfección del hombre en la extensión de su ser, o sea, La armonía de la naturaleza y la civilización en la formación física, moral e intelectual del hombreImprenta de D. José Félix Palacios. 

Dweck, C. S. (2006). Mindset: The new psychology of success. Random House. 

Edmondson, A. C. (2019). The fearless organization: Creating psychological safety in the workplace for learning, innovation, and growthJohn Wiley & Sons. 

Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores. 

Immordino-Yang, M. H. (2016). Emotions, learning, and the brain: Exploring the educational implications of affective neuroscienceW. W. Norton & Company. 

Martínez Hoyos, O., Fernández Ramírez, N., & Hernández Suárez, D. R. (2023). Construcción de saberes pedagógicos etnoeducativos a partir de la apropiación del contexto del pueblo indígena Wayuu para mejorar los procesos de aprendizaje (Tesis de maestría, Universidad de La Sabana). https://hdl.handle.net/10818/59055 

Martínez Valle, M. I., & Sánchez Buitrago, J. O. (2022). Sistema pedagógico de gestión de la calidad (SPGC) en instituciones educativas. Editorial Universidad del Magdalena. 

Moser, J. S., Schroder, H. S., Heeter, C., Moran, T. P., & Lee, Y.-H. (2011). Mind your errors: Evidence for a neural mechanism linking growth mindset to adaptive posterror adjustments. Psychological Science, 22(12), 1484–1489. https://doi.org/10.1177/0956797611419520 

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Rodríguez Petro, E. M., & Uriana Uriana, M. Y. (2023). Fortalecimiento de la práctica de enseñanza para el desarrollo de la oralidad en español a través de textos narrativos en estudiantes Wayuu de básica primaria de la Institución Etnoeducativa Rural La Paz, Manaure-La Guajira (Tesis de maestría). 

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Sobre Reiner Yesid López Charris

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Nació en Maicao, La Guajira (Colombia). Es docente de Educación Física, Recreación y Deportes, egresado de la Universidad de Pamplona, y especialista en Pedagogía y Docencia. Investigador, gestor comunitario y promotor de procesos educativos inclusivos en contextos rurales y urbanos del Caribe colombiano.

Hace parte del semillero AIDUA de la Universidad de La Sabana, donde participa en el proyecto Vida Laboral en el Autismo. Es investigador en proyectos de la Bayrón Becerra Foundation y fellow del programa internacional OMLATAM 2025, una red global de liderazgo transformador en América Latina y el Caribe.

Ha sido mentor y alumni del Programa Jóvenes Pazcíficos, desde donde acompaña procesos formativos en resolución de conflictos, liderazgo juvenil y construcción de paz en territorios históricamente excluidos.

Su trabajo articula cultura, sostenibilidad y justicia social como pilares para repensar la escuela desde las periferias. Actualmente se desempeña como vocal de la organización internacional DISFAM y Familia en Colombia, promoviendo la inclusión educativa de personas con dislexia y otras neurodivergencias.
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