Me pregunto qué pasaría si los adultos pudiéramos ver nuestros propios miedos; si abrazáramos lo que somos y dejáramos de poner sobre nuestros hijos y alumnos la proyección de aquello que nos hizo falta, aquello que añorábamos conseguir, aquello que creíamos que se debía hacer y tener.
Me imagino un mundo en el que, por un instante, podamos ver la luz de cada uno de los niños: de nuestro hijo, de nuestra hija, de nuestro alumno. Más allá de nuestras historias, de nuestras creencias, de lo que dice el sistema. Un mundo en el que, por un instante, podamos observar la perfección que está detrás de ellos.
Pienso en sus ojos. En toda la luz que habita en ellos. Y me pregunto cómo sería ese espejo en el que, cuando vemos su luz, también se refleja la nuestra.
Démonos un instante para sentirlo. Para imaginar cómo sería este mundo.
Haz una pausa.
Y aunque suene a una utopía, creo que es hacia allí hacia donde debemos apuntar.
Quizás el problema no sea que los niños persigan la perfección. Quizás somos los adultos quienes, impulsados por nuestros miedos, les enseñamos que deben convertirse en algo distinto de lo que ya son.
Porque cuando vemos a los niños que nos han sido confiados —nuestros hijos, alumnos, nietos o sobrinos— y no nos hacemos cargo de nuestra historia, de nuestro dolor, de nuestro miedo y de nuestras creencias; cuando asumimos sin cuestionar lo que aprendimos de la familia, de la educación y lo que compramos de los medios de comunicación; cuando estamos sumergidos en una vorágine por tener y por hacer; cuando nos desconectamos de nuestras emociones más profundas y no somos capaces de ver nuestros miedos, ese es el reflejo que nos devuelven.
Y entonces, erróneamente, en lugar de ver su luz y su perfección, vemos todo lo que nos hizo falta. Trabajamos, en nombre del amor, para que ellos —como si fueran un trofeo o una pertenencia— logren aquello que nosotros queremos o creemos que debe hacerse.
En nombre del amor empezamos a exigir.
En nombre del amor nos olvidamos de verlos.
Y nos llenamos de una carga y una presión infinitas, porque sentimos que tenemos que hacer y proveer para que ellos «sean felices» y tengan «más oportunidades».
Cuando, en realidad, estamos olvidándonos de nosotros mismos. Y al olvidarnos de nosotros, al estar tan dedicados a exigir y a correr en esta carrera de la vida, dejamos de cumplir nuestro verdadero rol: amarlos, cuidarlos y protegerlos mientras florece la perfección que ya son.
Aquí te invito a hacer una segunda pausa.
Observa qué se mueve en tu cuerpo al leer estas afirmaciones.
Quizás puedas ver tus miedos. Quizás puedas ver tus dolores. Quizás puedas ver tus propias sombras interponiéndose entre la luz de tus hijos y tú.
Porque son esas sombras las que a veces no nos permiten ver la luz que habita en ellos.
Y lo hermoso es que, aunque parezca una utopía, si empiezas a descubrir cuáles son esos miedos, cuál es tu sombra, y haces la tarea juiciosa de observar ese espejo que te están reflejando; de preguntarte qué tiene de ti y cuánto tiene de ellos, empezarás a tener cada vez más instantes en los que puedas ver solamente su luz.
En mi experiencia como madre de cuatro hijos, llevo buscando esos miedos y esos condicionamientos desde antes de que nacieran. Llevo años reprogramando mis creencias y observándome conscientemente junto a ellos. Mi hija mayor tenía tres años cuando comencé este camino de manera más consciente; hoy han pasado dieciocho años.
Y aun así, hay momentos en los que entro en pánico. Hay momentos en los que mis miedos saltan a flor de piel porque pienso que algo les va a pasar. Y nos han pasado cosas fuertes.
Pero cuando puedo observar mis miedos, cuando vuelvo a mirar sus ojos y me pregunto dónde está su luz, llega la paz.
Llega la calma.
Porque la luz de ellos es infinita.
Y sé que van a estar bien, a pesar de mí.
Por eso quiero terminar con una pregunta:
¿Cuántas veces has conectado con la luz de tus hijos, de tus alumnos, de tus nietos o de tus sobrinos?
Sobre Catalina Heincke
Madre de cuatro hijos. Su experiencia acompañando su proceso de educación en el hogar marcó profundamente su mirada sobre el desarrollo humano y la educación. Investiga, escribe y facilita procesos de transformación personal. Es creadora de Caminos en Espiral, un espacio dedicado a acompañar a las personas a recordar quiénes son y vivir desde su verdad.
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