Responder a la pregunta ¿para qué educamos? Parece, en apariencia, sencillo. Sin embargo, cuando se aborda desde una mirada profunda, se revela como una de las cuestiones más complejas y fundamentales del ámbito educativo. La educación no puede reducirse a la mera transmisión de contenidos ni a la preparación para superar etapas académicas; educar implica acompañar procesos humanos, sociales y éticos de gran trascendencia.
El propio origen etimológico de la palabra educación nos ofrece una clave esclarecedora. Del latín proceden dos raíces complementarias: educare, que hace referencia a nutrir, alimentar y acompañar el crecimiento, y educere, que significa sacar hacia fuera, ayudar a desplegar el potencial innato de cada individuo. Desde esta perspectiva, educar no consiste en llenar al estudiante de información, sino en favorecer un desarrollo integral que permita que aquello que ya habita en él pueda manifestarse.
A lo largo de la historia las distintas corrientes pedagógicas han intentado dar respuesta a esta cuestión desde marcos teóricos diversos.
La pedagogía tradicional ha puesto el énfasis en la transmisión de conocimientos y en la autoridad del docente como figura central del proceso educativo.
El conductismo ha entendido el aprendizaje como el resultado de estímulos y respuestas observables, mientras que el cognitivismo ha desplazado la atención hacia los procesos mentales internos.
Por su parte, el constructivismo ha defendido el papel activo del estudiante en la construcción de conocimiento, el socioconstructivismo ha subrayado la dimensión social del aprendizaje, el enfoque humanista ha situado a la persona y su desarrollo emocional en el centro y la pedagogía crítica ha concebido la educación como una herramienta para la transformación social.
Cada una de estas corrientes redefine, de forma distinta, los roles del docente, del estudiante y del conocimiento, pero todas parten de una intención común: formar seres capaces de comprender y habitar el mundo.
Toda acción educativa, por pequeña que parezca, está guiada por un propósito. Desde los primeros años de vida hasta la adolescencia, el ser humano se encuentra en un proceso continuo de construcción personal. Aunque cada niño nace con una individualidad propia, el entorno, los vínculos y las experiencias educativas dejan una huella profunda y duradera. en este sentido, la responsabilidad de padres y docentes resulta fundamental e insustituible.
Hoy se observa una progresiva desvalorización de estas figuras.
Docentes cuestionados o desautorizados y una creciente delegación de la educación en las pantallas evidencian una crisis de corresponsabilidad educativa.
La falta de presencia adulta y la falta de coherencia entre hogar y escuela plantea importantes desafíos para el desarrollo integral de la infancia y la adolescencia.
Surge entonces, con más fuerza que nunca, la pregunta central ¿Para qué educamos?, ¿Qué finalidad persigue hoy la educación?, ¿Qué tipo de ciudadanos queremos formar?, ¿Sigue siendo la educación en el ámbito familiar un pilar fundamental o ha delegado casi por completo en las instituciones educativas?
Educar no es únicamente instruir, es transmitir valores, ofrecer referentes, acompañar al desarrollo emocional y social y favorecer el pensamiento crítico. Es una tarea compartida que requiere compromiso, reflexión y coherencia entre los distintos agentes educativos.
La educación no puede entenderse como una función fragmentada, sino como un proceso integral que se construye en relación ente escuela, familia y sociedad.
Tal vez la pregunta no deba limitarse a para qué educamos, sino ampliarse a cómo y desde dónde lo hacemos. Porque en cada gesto cotidiano, en cada palabra y en cada decisión, estamos contribuyendo – consciente e inconscientemente – a la formación de las generaciones futuras.
Rudolf Steiner, fundador de la pedagogía Waldorf, señalaba que “la educación no es el llenado de un recipiente, sino el encendido de una llama”.
Educar no consiste en acumular información, sino acompañar el desarrollo del pensar, del sentir y del querer, de modo que cada ser humano pueda encontrar su lugar en el mundo desde la libertad y la responsabilidad.
En este sentido, educamos no solo para saber sino para llegar a ser: para formar personas integras, conscientes y capaces de actuar con sentido y humanidad en la vida.
“Educamos para que la persona pueda encontrar su propio camino en la vida y actuar desde la libertad interior”
Sobre Maria Pilar García Saavedra López de Lerma
Psicopedagoga y maestra. La educación ha sido para mí más que una profesión: un compromiso personal con las personas, sus ritmos y sus particulares necesidades. He acompañado a niños, familias y docentes en diferentes etapas y contextos durante 25 años.
Ver todas las entradas de Maria Pilar García Saavedra López de LermaSoy madre de dos hijos con neurodivergencias y acompañarlos me ha hecho mirar
la enseñanza tradicional con otros ojos. He comprendido en primera persona lo difícil que resulta encajar en sistemas educativos pensados para lo homogéneo, cuando la realidad es profundamente diversa.
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