viernes, junio 5Revista digital ISSN 2744-8754

Lo Que la Escuela Llama Tradición (y Lo Que Realmente Es)

Cuando el saber ancestral es currículo vivo y el sistema aún no lo sabe.  

«Un pueblo que olvida sus tradiciones no evoluciona: retrocede disfrazado de progreso.»

 Reiner López. 

Hola, amigos lectores. 

Hoy no quiero escribirles para que estén cómodos. Quiero incomodarlos un poco. Quiero tocar una herida que el sistema educativo lleva años maquillando con discursos modernos, reformas superficiales y palabras aparentemente correctas. Porque hay una palabra que se pronuncia demasiado en educación, pero que pocas veces se mira con honestidad: tradición. 

El sistema la usa cuando necesita defender estructuras que dejaron de educar hace mucho tiempo. La usa para desacreditar aquello que no logra comprender. Y, en muchos casos, la convierte en una excusa elegante para seguir negando los saberes de los pueblos, como si el conocimiento solo pudiera existir cuando pasa por el filtro de una institución, un escritorio o un sello académico. 

Nos enseñaron a creer que aprender únicamente ocurre dentro de cuatro paredes. Que la inteligencia tiene formato, que el conocimiento necesita certificación y que la verdad solo vale cuando está escrita en libros reconocidos por otros centros de poder. Pero antes de las escuelas, antes de los títulos, antes de los currículos oficiales y antes incluso de los ministerios, ya existían comunidades enteras enseñando a vivir. 

Había pueblos enseñando a sembrar sin destruir la tierra. Enseñando a sanar con la memoria de las plantas. Enseñando a convivir, a resistir, a interpretar el cielo, a leer el tiempo, a cuidar el agua y a sostener la vida colectiva sin necesidad de pizarras ni plataformas digitales. 

Y eso también era ciencia. 

Eso también era pedagogía. 

Eso también era educación. 

Sin embargo, la historia oficial decidió llamar “atraso” a todo conocimiento que no naciera desde los centros de poder. Y ahí comenzó una de las violencias más silenciosas de la educación: hacerle creer a los pueblos que sus saberes valían menos que los conocimientos importados, aunque fueran precisamente esos saberes los que permitieron sobrevivir generaciones enteras en medio del abandono, la pobreza y la exclusión. 

Por eso, en esta entrega quiero hablar de las tradiciones como lo que realmente son: un currículo vivo. Un tejido profundo de memoria, ética, espiritualidad, identidad y conocimiento colectivo que ha logrado mantenerse en pie incluso cuando muchos sistemas han intentado borrarlo, ridiculizarlo o convertirlo en simple folclor. 

Porque las tradiciones no son atraso. 

Atraso es un modelo educativo incapaz de escuchar el territorio que pisa. 

Atraso es una escuela que forma profesionales, pero desconoce la sabiduría de sus comunidades. 

Atraso es seguir creyendo que educar consiste únicamente en repetir contenidos, mientras se extinguen las memorias culturales de los pueblos frente a nuestros ojos. 

Y aunque muchos no quieran aceptarlo, existen saberes que nacieron en la tierra, en la oralidad y en la experiencia comunitaria mucho antes de que las escuelas tuvieran paredes… y que seguirán existiendo incluso si algún día esas paredes se caen. 

Porque el verdadero problema nunca fue que las tradiciones fueran antiguas. 

El verdadero problema es que el sistema educativo jamás aprendió a leerlas. 

I. Tradición no es pasado. Es memoria activa. 

Cuando hablamos de tradiciones en los territorios periféricos del Caribe colombiano, no estamos hablando de folclore de vitrina ni de expresiones culturales reducidas al entretenimiento turístico. Estamos hablando de sistemas complejos de conocimiento que han sobrevivido siglos de colonización, exclusión y silenciamiento institucional. Estamos hablando de memoria organizada, de tecnología social y de formas de inteligencia colectiva transmitidas a través de la oralidad, el cuerpo, el ritual, la experiencia y la práctica comunitaria. 

Sin embargo, durante décadas, el sistema educativo latinoamericano ha enseñado a comprender el conocimiento desde una lógica profundamente jerárquica: aquello que proviene de la academia occidental es considerado ciencia, mientras que los saberes de los pueblos son reducidos a “costumbre”, “creencia” o “tradición”. Esta fractura epistemológica no es casual; responde a una herencia colonial que históricamente subordinó los conocimientos indígenas, afrodescendientes y campesinos frente a los modelos eurocéntricos de producción del saber. 

En este sentido, Uribe-Pérez (2019) advierte que los saberes ancestrales y tradicionales continúan siendo excluidos de muchos procesos pedagógicos, debido a que la escuela moderna sigue privilegiando estructuras curriculares homogéneas que desconocen la diversidad cultural y epistemológica de los territorios. Según la autora, esta exclusión ha generado una ruptura entre la educación institucional y las realidades comunitarias, debilitando la transmisión intergeneracional de conocimientos locales. 

La medicina tradicional de una abuela wayuu, por ejemplo, no puede seguir siendo interpretada desde la ignorancia académica como simple superstición. Detrás de esas prácticas existe un acumulado histórico de observación sobre plantas medicinales, temperaturas corporales, ciclos naturales y procesos de sanación colectiva construidos durante siglos. La propia UNESCO (2024) ha reconocido que los conocimientos indígenas constituyen sistemas fundamentales para la conservación de la biodiversidad, la sostenibilidad ambiental y la preservación cultural de los pueblos. 

De igual manera, el pescador artesanal que interpreta las corrientes marinas, el comportamiento del viento y las variaciones del clima no actúa únicamente desde la intuición. Allí existe una forma de meteorología empírica desarrollada desde la experiencia territorial y la observación constante del entorno. Mbah, Ajaps y Molthan-Hill (2021), en una revisión sistemática sobre conocimiento indígena y adaptación al cambio climático, concluyen que muchas comunidades poseen sistemas altamente sofisticados de lectura ambiental que hoy son considerados relevantes para enfrentar las crisis ecológicas globales y fortalecer los procesos educativos relacionados con sostenibilidad y resiliencia climática. 

Lo mismo ocurre con el tejido de una mochila arhuaca. Reducirla a “artesanía” implica desconocer su profundidad simbólica y epistemológica. En esos tejidos existen narrativas espirituales, geometrías culturales, representaciones territoriales y formas de codificación del pensamiento colectivo. Cada símbolo comunica relaciones entre naturaleza, comunidad y cosmovisión. Cada hilo conserva memoria cultural. 

No obstante, el sistema educativo rara vez reconoce estos conocimientos como producción intelectual legítima. Y la razón es incómoda: históricamente, la escuela fue diseñada más para sustituir saberes que para dialogar con ellos. 

La expansión de la educación moderna en América Latina estuvo acompañada por una lógica civilizatoria que asumía que las comunidades debían abandonar sus formas propias de comprender el mundo para acercarse al modelo cultural dominante. Bajo el discurso del progreso, muchas escuelas terminaron reproduciendo prácticas de desarraigo cultural y epistemológico. El libro importado fue considerado superior a la memoria oral. La teoría escrita tuvo más legitimidad que la experiencia comunitaria. Y el conocimiento europeo fue presentado como universal, mientras que los saberes locales fueron invisibilizados. 

Diversas investigaciones recientes han comenzado a cuestionar críticamente este modelo. En el ámbito de la educación intercultural, estudios publicados en Sinéctica sostienen que los sistemas educativos latinoamericanos aún enfrentan enormes dificultades para incorporar perspectivas verdaderamente pluriculturales dentro de sus currículos, debido a que persisten estructuras pedagógicas construidas desde paradigmas monoculturales y coloniales. Asimismo, investigaciones publicadas en Ciencia Latina Revista Científica Multidisciplinar (2024) evidencian que la recuperación de saberes ancestrales no solo fortalece la identidad cultural de las comunidades, sino que también favorece procesos de aprendizaje contextualizados, críticos y territorialmente pertinentes. 

En la misma línea, publicaciones recientes en revistas internacionales de ciencias sociales y filosofía han insistido en la necesidad de replantear los modelos educativos contemporáneos desde enfoques decoloniales capaces de reconocer la legitimidad epistemológica de los conocimientos ancestrales y comunitarios. Esto implica comprender que la tradición no representa un obstáculo para el desarrollo, sino una fuente de conocimiento históricamente subestimada por las instituciones modernas. 

Por eso, el problema no es que las tradiciones sean antiguas. 

El verdadero problema es que el sistema educativo todavía no sabe leerlas. 

No sabe interpretarlas porque fue entrenado para clasificar conocimientos desde relaciones de poder. Porque aprendió a validar únicamente aquello que puede institucionalizarse, medirse o estandarizarse. Y porque continúa confundiendo modernización con homogeneización cultural. 

Mientras tanto, seguimos perdiendo lenguas, prácticas agrícolas, sistemas de organización comunitaria y conocimientos ambientales fundamentales para el futuro de nuestras sociedades. La UNESCO (2019), durante el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, advirtió que la desaparición de una lengua no implica únicamente la pérdida de palabras, sino también la desaparición de formas completas de comprender el mundo, interpretar la naturaleza y transmitir conocimiento entre generaciones. 

La pregunta entonces no es si las tradiciones deben tener lugar en la educación. 

La verdadera pregunta es cuánto conocimiento más estamos dispuestos a perder antes de entender que los pueblos nunca fueron ignorantes; simplemente hablaban un lenguaje que la escuela decidió no escuchar. 

 

II. Lo que se pierde cuando la escuela ignora la tradición 

Hay una escena que se repite silenciosamente en muchas escuelas rurales del Caribe colombiano y que revela, quizá, una de las violencias más normalizadas del sistema educativo contemporáneo: el niño que en su casa habla dos lenguas, conoce las plantas medicinales del monte, interpreta el comportamiento del clima observando el cielo y puede narrar la historia oral de su comunidad, entra al aula y, de repente, todo aquello deja de tener valor. 

Entonces comienza el despojo. 

Porque la escuela no le pregunta qué sabe. Le pregunta cuánto se parece al modelo oficial de estudiante que el sistema considera “educado”. Y cuando sus conocimientos no coinciden con los códigos académicos dominantes, el mensaje termina siendo devastador: lo aprendido en casa, en el territorio y en la comunidad no cuenta aquí. 

Eso no es educación. 

Eso es extracción de identidad. 

Y aunque parezca exagerado, basta recorrer muchas instituciones rurales de Colombia para entender que esta realidad sigue ocurriendo todos los días. Niños indígenas que dejan de hablar su lengua por miedo a ser ridiculizados. Estudiantes afrodescendientes que aprenden más sobre procesos europeos que sobre la historia de sus propios pueblos. Jóvenes campesinos que pueden identificar los ciclos de la tierra mejor que muchos expertos urbanos, pero que son tratados como si llegaran “vacíos” al aula. 

La tragedia es que esta violencia pedagógica casi nunca se nombra violencia. Se presenta como “adaptación”, “calidad educativa” o “estandarización curricular”. Sin embargo, sus consecuencias son profundas: ruptura cultural, desarraigo identitario, baja participación escolar y pérdida progresiva de conocimientos comunitarios. 

Jerome Bruner, desde su enfoque de psicología cultural, sostenía que el aprendizaje humano solo adquiere verdadero significado cuando el conocimiento puede conectarse con la cultura y la experiencia previa del estudiante. En The Culture of Education, Bruner (1996) afirma que la educación no debe limitarse a transmitir contenidos, sino que debe permitir que los sujetos participen activamente de su cultura y construyan significado desde ella. Décadas después, investigaciones latinoamericanas continúan reafirmando esta idea. De Arco, Galindo y Ramírez (2020), retomando el pensamiento de Bruner en contextos educativos colombianos, sostienen que las prácticas pedagógicas descontextualizadas terminan debilitando la construcción de sentido y profundizando procesos de exclusión cultural.  

En otras palabras, cuando la escuela desconoce el territorio cultural del niño, también debilita sus posibilidades reales de aprendizaje. 

Esto no es una teoría abstracta. La evidencia educativa lleva años mostrándolo. 

Uribe-Pérez (2019), en un estudio sobre saberes ancestrales y práctica pedagógica intercultural, encontró que muchos procesos educativos continúan privilegiando conocimientos homogéneos y urbanos, ignorando las experiencias culturales de las comunidades. La autora advierte que esta desconexión entre escuela y territorio produce una fractura epistemológica donde los estudiantes aprenden a percibir sus propios saberes como inferiores o irrelevantes. 

Y las consecuencias aparecen rápidamente dentro del aula. 

Muchos docentes rurales en Colombia enfrentan diariamente un currículo que les exige responder a estándares nacionales desconectados de las realidades culturales de sus estudiantes. Mientras un niño indígena o campesino posee conocimientos territoriales complejos construidos desde la experiencia comunitaria, la escuela le exige adaptarse a contenidos elaborados desde lógicas urbanas y centralizadas que pocas veces dialogan con su entorno. 

Por eso no sorprende que existan enormes brechas educativas entre sectores rurales y urbanos. 

Investigaciones recientes sobre los resultados de Colombia en las pruebas PISA evidencian que la localización geográfica y las desigualdades territoriales siguen teniendo un impacto determinante en el rendimiento académico. Jiménez Rincón y Flor Quinayas (2023), analizando los datos de PISA 2018, concluyen que factores como infraestructura, acceso tecnológico, contexto socioeconómico y ubicación rural afectan significativamente los logros escolares de los estudiantes colombianos. De manera similar, Ramos, Duque y Nieto (2020) demostraron que las diferencias entre estudiantes rurales y urbanos en Colombia no pueden comprenderse únicamente desde el rendimiento individual, sino desde profundas desigualdades estructurales y culturales.  

Pero incluso esas investigaciones todavía dejan una pregunta más profunda sobre la mesa: ¿qué tan legítimo es evaluar a millones de estudiantes desde pruebas construidas bajo referentes culturales homogéneos que no representan sus contextos, lenguas ni formas de interpretar el mundo? Porque ahí está una de las grandes contradicciones del sistema educativo moderno: pretende medir calidad educativa ignorando las condiciones culturales desde las cuales aprenden los sujetos. 

En muchas escuelas rurales, por ejemplo, un estudiante puede poseer una extraordinaria capacidad para interpretar ciclos agrícolas, memorizar relatos orales complejos, comprender dinámicas ambientales o resolver problemas comunitarios; sin embargo, esas capacidades rara vez son reconocidas dentro de los sistemas oficiales de evaluación. La escuela termina premiando únicamente ciertos tipos de inteligencia y deslegitimando otras formas de conocimiento profundamente sofisticadas. 

Y esto no es nuevo. 

Durante décadas, numerosos pueblos indígenas y afrodescendientes en América Latina denunciaron que los sistemas escolares funcionaban como mecanismos de asimilación cultural más que como espacios de diálogo intercultural. La UNESCO (2019), en el marco del Año Internacional de las Lenguas Indígenas, alertó que miles de lenguas originarias están desapareciendo, y que con ellas también desaparecen memorias colectivas, conocimientos ambientales, sistemas de organización social y formas únicas de comprender la realidad. 

Cada lengua que desaparece es también una biblioteca que se pierde. 

Cada tradición ignorada en la escuela es una posibilidad menos de construir una educación verdaderamente contextualizada. 

Y mientras tanto, seguimos hablando de innovación educativa sin preguntarnos por qué muchos estudiantes continúan sintiendo que para tener éxito deben alejarse culturalmente de sus propias raíces. 

Mbah, Ajaps y Molthan-Hill (2021), en su revisión sistemática sobre sistemas de conocimiento indígenas y adaptación climática, demostraron que los saberes tradicionales poseen enorme valor para enfrentar desafíos contemporáneos relacionados con sostenibilidad, resiliencia ambiental y educación contextualizada. Paradójicamente, mientras el mundo científico comienza a reconocer la importancia de estos conocimientos, muchas escuelas todavía continúan tratándolos como elementos secundarios o folklóricos. 

Ahí está el verdadero problema. 

La escuela moderna habla constantemente de inclusión, pero sigue operando desde estructuras que jerarquizan culturas y conocimientos. 

Habla de diversidad, pero muchas veces solo acepta la diversidad cuando esta no cuestiona el currículo dominante. 

Habla de calidad educativa, pero continúa confundiendo calidad con homogeneización. 

Y quizá por eso millones de estudiantes terminan creciendo con la sensación de que aprender significa alejarse lentamente de quienes son. 

Porque cuando la escuela ignora la tradición, no solo pierde la cultura. 

Pierde la posibilidad de construir aprendizaje con sentido. 

Pierde memoria. 

Pierde territorio. 

Pierde humanidad. 

Y termina formando estudiantes que saben repetir contenidos, pero que muchas veces ya no saben quiénes son. 

III. La tradición oral como primer sistema de conocimiento 

Desde las Afropedagogías que vengo investigando, escribiendo y tejiendo en estas páginas, la oralidad no puede seguir siendo entendida como una fase “primitiva” del lenguaje que desaparece cuando llega la escritura. Esa mirada, profundamente colonial, ha sido uno de los errores más graves de la educación moderna. La oralidad no es ausencia de conocimiento. Es un sistema complejo de producción, preservación y transmisión del saber con su propia lógica, su propio rigor epistemológico y su propia manera de construir memoria colectiva. 

En los territorios afrodescendientes, indígenas y campesinos del Caribe colombiano, la palabra hablada no solamente comunica: organiza la vida, preserva la historia, transmite normas éticas, regula relaciones comunitarias y protege la identidad cultural de los pueblos. El cuento narrado junto al fogón, la décima improvisada, el canto de vaquería, el alabao, el arrullo, el refrán de la abuela, el consejo del mayor y las historias compartidas en comunidad son también formas de pedagogía. 

Y quizá aquí está una de las mayores cegueras del sistema educativo: creer que el aprendizaje “real” empieza únicamente cuando aparece el texto escrito. 

Para millones de niños y niñas en América Latina, la oralidad sigue siendo el primer y más poderoso canal de construcción de sentido. 

Walter Ong (1982), en sus investigaciones sobre oralidad y cultura escrita, demostró que las sociedades orales desarrollan formas altamente sofisticadas de memoria, pensamiento contextual, atención auditiva y construcción colectiva del conocimiento. Según Ong, la cultura escrita no reemplazó completamente estas formas cognitivas; en muchos casos las desplazó, subordinó e invisibilizó dentro de los sistemas formales de educación. 

Décadas después, investigaciones contemporáneas continúan confirmando esta realidad. Estudios desarrollados por la UNESCO han advertido que la desaparición de las lenguas y tradiciones orales implica también la pérdida de conocimientos ambientales, prácticas de convivencia, medicina ancestral y sistemas de interpretación del mundo construidos durante siglos. Durante el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, la UNESCO (2019) insistió en que cada lengua originaria que desaparece representa también la pérdida irreparable de una memoria colectiva y de formas únicas de pensamiento humano. 

Y Colombia no está exenta de esta crisis. 

En departamentos como La Guajira, Chocó, Magdalena, Cauca o Amazonas, muchos estudiantes llegan a la escuela hablando dos lenguas, con amplios conocimientos territoriales y con una enorme riqueza narrativa heredada de sus comunidades. Sin embargo, al entrar al aula, descubren rápidamente que el sistema educativo rara vez reconoce esos saberes como conocimiento legítimo. 

Allí comienza el silenciamiento. 

Un niño wayuu que domina relatos ancestrales en wayuunaiki puede ser considerado “deficiente” porque no responde adecuadamente a pruebas estandarizadas en español. Un estudiante afrodescendiente capaz de reconstruir genealogías familiares y memorias comunitarias desde la oralidad puede recibir bajas calificaciones porque “no escribe académicamente”. Un niño campesino que interpreta el clima observando el territorio puede ser tratado como alguien “sin bases científicas”. 

Lo más grave es que muchas veces estas experiencias siguen ocurriendo bajo discursos institucionales de inclusión. 

Investigaciones recientes desarrolladas en la Universidad de La Guajira evidencian que numerosos estudiantes wayuu continúan enfrentando tensiones lingüísticas dentro del sistema educativo, donde el español conserva una posición dominante frente al wayuunaiki. Peña Pérez (2023), analizando percepciones lingüísticas de estudiantes universitarios wayuu, encontró que muchos jóvenes todavía experimentan procesos de subordinación cultural y lingüística que afectan la valoración de su propia identidad. 

De manera similar, investigaciones impulsadas desde Universidad de La Sabana demostraron que integrar la tradición oral y los saberes ancestrales wayuu dentro de las estrategias pedagógicas fortalece significativamente los procesos de aprendizaje del español como segunda lengua, precisamente porque el estudiante logra conectar el conocimiento escolar con su experiencia cultural y comunitaria (Guerra Solano, 2021). 

Esto confirma algo que los pueblos han sabido desde siempre: nadie aprende verdaderamente desde el desarraigo. 

La evidencia internacional también apunta hacia esa dirección. Investigaciones recientes publicadas en revistas de educación intercultural y pedagogía crítica sostienen que los sistemas educativos monoculturales continúan reproduciendo desigualdades simbólicas al privilegiar formas hegemónicas de comunicación y producción del conocimiento. En otras palabras, la escuela sigue legitimando ciertos lenguajes mientras invisibiliza otros. 

Y ahí es donde aparece el concepto que muchos prefieren evitar: colonialidad del saber. 

El sociólogo peruano Aníbal Quijano explicó que la colonialidad no terminó con la independencia política de los países latinoamericanos; continuó instalada en las formas de producir conocimiento, organizar la cultura y definir qué saberes eran válidos y cuáles no. La escuela heredó gran parte de esa estructura. 

Por eso, cuando un docente le pide a un niño afrocolombiano que escriba una composición sobre “su familia”, pero nunca le ha preguntado qué historias cuenta su familia; cuando exige memorizar una historia oficial que invisibiliza los aportes afro e indígenas; cuando considera “informal” la narración oral y “académica” únicamente la escritura normativa, ese docente no está siendo neutral. 

Está tomando posición. 

Y esa posición tiene consecuencias sociales, culturales y emocionales profundas. 

Porque la oralidad no solo transmite información. También transmite autoestima cultural. 

En contextos donde históricamente las comunidades han sido discriminadas, escuchar la voz de los mayores, narrar la memoria del territorio y reconocer el valor de las palabras propias se convierte también en una forma de resistencia pedagógica. 

Por eso distintas organizaciones internacionales como Save the Children han insistido en la necesidad de fortalecer modelos educativos culturalmente contextualizados para poblaciones vulnerables, especialmente en comunidades indígenas y rurales. Del mismo modo, organizaciones como Fundación Aprender a Quererte y procesos de inclusión impulsados por DISFAM han demostrado que el aprendizaje significativo ocurre con mayor profundidad cuando el estudiante siente que su historia, su cultura y su manera de comprender el mundo tienen lugar dentro del aula. 

Incluso en Colombia, entidades como el Ministerio de Educación Nacional de Colombia y el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación de Colombia han comenzado a reconocer progresivamente la importancia de los conocimientos ancestrales, la educación intercultural y el diálogo de saberes dentro de los debates sobre innovación, diversidad cultural y sostenibilidad territorial. Sin embargo, entre el discurso institucional y la realidad de muchas escuelas todavía existe una enorme distancia. 

Porque seguimos formando estudiantes para repetir contenidos antes que para comprender quiénes son. 

Seguimos obsesionados con estándares internacionales mientras miles de niños pierden lentamente su lengua materna dentro de las aulas. 

Seguimos hablando de innovación educativa, pero ignorando que muchos pueblos han sostenido sistemas complejos de transmisión del conocimiento durante siglos sin necesidad de plataformas digitales, algoritmos o laboratorios modernos. 

Y quizá por eso la pregunta más incómoda para muchos docentes siga siendo esta: 

¿Cuánto tiempo llevas en el aula sin haber aprendido nada de tus estudiantes? 

Porque tal vez el problema nunca fue que los niños llegaran sin conocimiento. 

Tal vez el verdadero problema es que la escuela todavía no sabe reconocer conocimiento cuando este habla desde otra voz, desde otro territorio y desde otra memoria. 

IV. Tres formas en que la tradición ya es currículo (aunque nadie lo haya oficializado) 

Quiero ser concreto, porque en educación la crítica sin propuesta termina convirtiéndose en discurso vacío. Y uno de los problemas más frecuentes en los debates pedagógicos sobre interculturalidad es que muchas veces hablamos de inclusión cultural como si fuera una utopía imposible de aplicar dentro de las aulas. Pero la realidad demuestra lo contrario. 

En distintos territorios de Colombia y América Latina ya existen experiencias pedagógicas que han integrado exitosamente la tradición, la oralidad y los saberes comunitarios dentro del currículo escolar. No como actividades folclóricas de “semana cultural”, sino como verdaderas estrategias de aprendizaje contextualizado. 

Lo más interesante es que estos procesos no han debilitado el rendimiento académico. En muchos casos, lo han fortalecido. 

Porque cuando el estudiante descubre que aquello que aprendió en casa también tiene lugar dentro de la escuela, el aprendizaje deja de sentirse como imposición y comienza a adquirir sentido. 

1. Los huertos escolares y el saber territorial: aprender ciencias desde la memoria de la tierra 

En varias instituciones rurales de Magdalena, La Guajira y la Sierra Nevada de Santa Marta, algunos docentes comenzaron a hacer una pregunta aparentemente sencilla, pero profundamente revolucionaria: 

¿Y si el currículo empezara escuchando a la comunidad? 

A partir de allí surgieron experiencias pedagógicas donde los estudiantes entrevistaban a sus abuelos y mayores sobre plantas medicinales, ciclos agrícolas, fases lunares, métodos tradicionales de cultivo y formas ancestrales de relación con el territorio. Posteriormente, esa información era articulada con contenidos oficiales de ciencias naturales, matemáticas, lenguaje y educación ambiental. 

El resultado fue un currículo vivo. 

La escuela dejó de ser únicamente un espacio de transmisión vertical del conocimiento y comenzó a convertirse en un escenario de diálogo entre saber científico y saber comunitario. 

Investigaciones desarrolladas desde Universidad Nacional de Colombia y Universidad de Pamplona han evidenciado que los huertos escolares con enfoque territorial fortalecen no solo competencias académicas, sino también identidad cultural, conciencia ambiental y participación comunitaria. Además, el Ministerio de Educación Nacional de Colombia, a través de diversas orientaciones sobre Proyectos Pedagógicos Productivos y Educación Rural, ha reconocido que las experiencias contextualizadas permiten mejorar significativamente la apropiación del aprendizaje en contextos rurales. 

Aquí ocurre algo profundamente importante: el estándar educativo deja de ser el punto de partida y se convierte en herramienta de profundización. Primero aparece la experiencia del territorio. Después llega la teoría. 

Y eso cambia completamente la relación del estudiante con el conocimiento. 

Porque ya no aprende desde la desconexión. 

Aprende desde la memoria. 

2. La etnomatemática: cuando las matemáticas dejan de parecer ajenas 

Durante años, millones de estudiantes latinoamericanos crecieron creyendo que las matemáticas eran un lenguaje distante, abstracto y desconectado de la vida cotidiana. Sin embargo, el matemático y educador brasileño Ubiratan D’Ambrosio revolucionó esta discusión al proponer el concepto de etnomatemática, entendido como las formas propias en que cada cultura desarrolla sistemas de conteo, medición, orientación espacial, resolución de problemas y pensamiento lógico. 

La idea era contundente: las matemáticas no nacieron únicamente en los libros. También nacieron en la pesca, en la agricultura, en los tejidos, en la navegación, en los sistemas de intercambio y en las prácticas cotidianas de los pueblos. 

Y esa afirmación transformó profundamente la pedagogía matemática intercultural. 

En Colombia, universidades como Universidad de Los Andes, Universidad Nacional de Colombia y Universidad de La Guajira han impulsado investigaciones donde los conocimientos matemáticos presentes en tejidos indígenas, prácticas agrícolas y dinámicas comunitarias son utilizados como punto de partida para enseñar razonamiento lógico y pensamiento formal. 

Los resultados han sido significativos. 

Diversos estudios muestran que los estudiantes comprenden con mayor profundidad conceptos geométricos, espaciales y numéricos cuando estos se relacionan con experiencias culturales familiares. No porque las matemáticas se “simplifiquen”, sino porque dejan de sentirse extrañas. 

El estudiante descubre que ya pensaba matemáticamente antes de llegar al aula. 

Por ejemplo, investigaciones sobre patrones geométricos en tejidos wayuu y arhuacos han demostrado que allí existen complejos sistemas de simetría, secuencialidad, proporcionalidad y representación espacial. Lo mismo ocurre con prácticas tradicionales de pesca y agricultura donde las comunidades realizan cálculos climáticos, mediciones temporales y estimaciones de producción sin necesidad de fórmulas académicas convencionales. 

La diferencia es que la escuela pocas veces reconoce esos procesos como pensamiento matemático legítimo. 

Y ahí vuelve a aparecer el problema de fondo: el sistema educativo continúa validando ciertos conocimientos únicamente cuando estos se presentan bajo códigos occidentales y académicos. 

3. La narrativa oral como proyecto de escritura: cuando la lectura tiene raíces 

Uno de los errores más graves de muchos programas de lenguaje ha sido separar lectura y escritura de la vida real de los estudiantes. Durante años se obligó a miles de niños a escribir textos sobre experiencias ajenas, utilizando formatos rígidos y contenidos que pocas veces dialogaban con sus emociones, memorias o territorios. 

Pero algunos docentes comenzaron a romper esa lógica. 

En municipios del Bajo Magdalena, Montes de María y sectores rurales del Caribe colombiano, surgieron proyectos pedagógicos donde los estudiantes entrevistaban a sus abuelos, madres, pescadores, parteras y líderes comunitarios para recopilar relatos orales, leyendas, historias familiares y memorias territoriales. Luego esos relatos eran transcritos, corregidos, editados y publicados en colecciones escolares o periódicos comunitarios. 

Y lo que ocurrió fue extraordinario. 

Los niños comenzaron a escribir mejor porque aquello que escribían tenía significado emocional y cultural para ellos. 

La comprensión lectora dejó de sentirse como obligación mecánica y comenzó a convertirse en una práctica de reconocimiento identitario. 

La escritura dejó de ser repetición. 

Se convirtió en memoria. 

Investigaciones recientes sobre pedagogía narrativa y alfabetización cultural desarrolladas en Universidad del Área Andina, Universidad de Jaén y Universidad de Barcelona coinciden en que los procesos de escritura vinculados a la oralidad y a la experiencia comunitaria fortalecen significativamente la motivación lectora, la producción textual y la apropiación crítica del lenguaje. 

Además, organizaciones como Save the Children, UNICEF y la ONU han insistido en que los procesos educativos culturalmente pertinentes son fundamentales para garantizar inclusión, permanencia escolar y desarrollo integral en comunidades históricamente vulnerabilizadas. 

Y quizá aquí aparece algo que muchas políticas educativas todavía no han comprendido completamente: 

La tradición no es enemiga de la innovación. 

La tradición puede ser innovación pedagógica cuando se convierte en puente entre escuela y territorio. 

Porque integrar la memoria cultural al currículo no significa rechazar la ciencia, la tecnología o los estándares educativos. Significa algo mucho más profundo: reconocer que el aprendizaje adquiere verdadera fuerza cuando el estudiante siente que aquello que aprende dialoga con quien es. 

Por eso las experiencias más transformadoras no suelen surgir únicamente de grandes reformas ministeriales. 

Muchas veces nacen en aulas pequeñas. 

En escuelas rurales olvidadas por el sistema. 

En docentes que entendieron que enseñar no consiste solamente en transmitir contenidos, sino también en escuchar el conocimiento que ya existe dentro de la comunidad. 

Y tal vez ahí está la gran lección que la educación latinoamericana todavía necesita aprender: 

El problema nunca fue que nuestros pueblos carecieran de saberes. 

El problema fue que la escuela tardó demasiado en reconocerlos. 

V. Lo que el sistema debe dejar de hacer 

Sería profundamente deshonesto hablar de tradición, currículo y transformación educativa sin señalar también los obstáculos estructurales que no dependen únicamente de la voluntad de un maestro comprometido. Porque durante años el discurso educativo latinoamericano ha romantizado la innovación pedagógica mientras mantiene intactas muchas de las estructuras que producen exclusión cultural dentro de las escuelas. 

Y hay que decirlo con claridad: gran parte del problema no está en los docentes. Está en el modelo. 

El sistema educativo colombiano continúa funcionando, en gran medida, bajo una lógica curricular centralizada que parte de una premisa equivocada: asumir que todos los niños del país aprenden desde las mismas condiciones culturales, los mismos referentes simbólicos y las mismas formas de comprender el mundo. 

Ese supuesto no solo es falso. 

Es profundamente injusto. 

Porque no aprende igual un niño wayuu en La Guajira que un estudiante urbano en Bogotá. No construye sentido del mismo modo una niña afrodescendiente del Pacífico que un estudiante criado bajo contextos urbanos digitalizados. No interpreta el mundo igual quien aprende desde la oralidad comunitaria que quien crece rodeado exclusivamente de cultura escrita. 

Y, sin embargo, el sistema insiste en evaluarlos muchas veces bajo parámetros homogéneos, currículos estandarizados y pruebas diseñadas desde referentes culturales centralizados. 

Las consecuencias están a la vista. 

Persisten enormes brechas educativas entre sectores rurales y urbanos. Continúan desapareciendo lenguas originarias. Se debilitan procesos de memoria colectiva. Miles de estudiantes sienten que para “tener éxito” deben alejarse culturalmente de sus comunidades. Y numerosos docentes terminan atrapados entre las necesidades reales de sus territorios y las exigencias burocráticas de un sistema que todavía mide calidad desde la uniformidad. 

El propio Ministerio de Educación Nacional de Colombia ha reconocido, en diferentes lineamientos sobre educación rural e interculturalidad, que los procesos educativos contextualizados fortalecen la permanencia escolar, el aprendizaje significativo y la participación comunitaria. Sin embargo, en la práctica, muchas instituciones continúan operando bajo modelos pedagógicos rígidos donde el territorio sigue ocupando un lugar secundario. 

Y ahí aparece una contradicción que ya no puede seguir maquillándose con discursos institucionales. 

No se puede hablar de inclusión mientras el currículo continúa invisibilizando las memorias culturales de los pueblos. 

No se puede hablar de innovación mientras se siguen ignorando sistemas ancestrales de conocimiento que han sostenido comunidades enteras durante siglos. 

No se puede hablar de calidad educativa mientras millones de estudiantes aprenden desde el desarraigo. 

Por eso, si realmente queremos que la tradición deje de ser vista como un elemento decorativo y se convierta en currículo vivo, el sistema educativo colombiano necesita transformar de manera profunda varias de sus prácticas históricas. 

1. Dejar de evaluar únicamente lo que el estudiante desconoce y empezar a reconocer lo que ya sabe 

Durante décadas, gran parte de la evaluación escolar se construyó desde el déficit: identificar aquello que el estudiante no domina según estándares previamente establecidos. Pero pocas veces el sistema se pregunta qué conocimientos trae consigo el niño desde su comunidad. 

Un estudiante que conoce prácticas agrícolas tradicionales, narrativas orales complejas, interpretación ambiental o saberes medicinales posee conocimientos legítimos, aunque estos no aparezcan fácilmente dentro de una prueba estandarizada. 

La evaluación contextualizada no significa bajar exigencias académicas. 

Significa reconocer que el aprendizaje también tiene raíces culturales. 

Investigaciones impulsadas por UNESCO, UNICEF y Save the Children han insistido en que los sistemas educativos culturalmente pertinentes generan mayores niveles de participación, apropiación del aprendizaje y permanencia escolar en poblaciones históricamente vulnerabilizadas. 

2. Diseñar currículos desde el territorio, no solamente para el territorio 

Existe una enorme diferencia entre adaptar superficialmente contenidos nacionales y construir verdaderos procesos educativos desde las realidades culturales de las comunidades. 

Diseñar currículos desde el territorio implica reconocer que el conocimiento local no es un “complemento” del aprendizaje oficial, sino parte fundamental del mismo. 

Universidades como Universidad Nacional de Colombia, Universidad de La Guajira, Universidad de Pamplona y Fundación Universitaria del Área Andina han desarrollado investigaciones donde se demuestra que los procesos pedagógicos territorializados fortalecen significativamente la identidad cultural, el pensamiento crítico y el aprendizaje significativo. 

La diferencia es profunda. 

Un currículo diseñado para el territorio sigue siendo externo. 

Un currículo construido desde el territorio nace del diálogo con la comunidad. 

Y eso cambia completamente la relación entre escuela y cultura. 

3. Formar docentes capaces de leer culturalmente el aula 

Uno de los vacíos más serios de muchos programas de formación docente en América Latina es que preparan maestros para aplicar contenidos, pero no siempre para comprender contextos. 

Muchos docentes llegan a comunidades indígenas, afrodescendientes o rurales sin formación suficiente en historia local, oralidad, lenguas originarias, pedagogía intercultural o memoria territorial. Y cuando el maestro desconoce el territorio, difícilmente puede construir procesos educativos realmente contextualizados. 

Por eso diversas investigaciones desarrolladas en Universidad de Barcelona, Universidad de Jaén y Universidad de Los Andes han insistido en la necesidad de fortalecer modelos de formación docente basados en pedagogías interculturales, diálogo de saberes y enfoques decoloniales. 

Porque enseñar no es únicamente transmitir información. 

También es aprender a escuchar el conocimiento que ya existe dentro de la comunidad. 

4. Reconocer a los sabedores y sabedoras comunitarias como actores pedagógicos legítimos 

En muchos territorios, las personas que conservan la memoria oral, los conocimientos ambientales, las prácticas medicinales y las tradiciones culturales siguen siendo vistas por la escuela como figuras externas, invitadas ocasionales o participantes folclóricos de eventos institucionales. 

Eso debe cambiar. 

Los sabedores y sabedoras comunitarias no deberían entrar al aula únicamente durante actos culturales o celebraciones simbólicas. Deberían formar parte activa de los procesos pedagógicos. 

Porque poseen conocimientos que el sistema educativo formal no puede reemplazar. 

El Ministerio del Interior de Colombia, a través de políticas relacionadas con diversidad étnica y patrimonio cultural inmaterial, ha reconocido la importancia de proteger y fortalecer los procesos de transmisión intergeneracional de conocimiento en comunidades indígenas y afrodescendientes. Del mismo modo, el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación ha comenzado a impulsar debates sobre diálogo de saberes y apropiación social del conocimiento desde perspectivas territoriales y comunitarias. 

Pero nuevamente aparece la distancia entre discurso y realidad. 

Todavía falta convertir ese reconocimiento simbólico en presencia concreta dentro de las escuelas. 

5. Proteger la memoria oral antes de que desaparezca 

Cada lengua que desaparece, cada relato que deja de contarse y cada práctica tradicional que se extingue representa también una pérdida pedagógica irreparable. 

La UNESCO (2019) advirtió que miles de lenguas indígenas podrían desaparecer durante este siglo si no se fortalecen procesos reales de preservación cultural y transmisión intergeneracional. 

Y no estamos hablando únicamente de patrimonio cultural. 

Estamos hablando de conocimiento. 

Conocimiento ambiental. 

Conocimiento histórico. 

Conocimiento comunitario. 

Conocimiento humano. 

Por eso proteger la memoria oral no debería ser visto como un acto nostálgico, sino como una responsabilidad educativa, ética y política. 

Para cerrar: la escuela que aprende de su entorno es la única que merece quedarse 

Las tradiciones no son obstáculos para el aprendizaje. 

Son el suelo más fértil del aprendizaje humano. 

Cada comunidad que ha sobrevivido al abandono estatal, al despojo territorial, a la violencia y al olvido institucional lo ha logrado porque supo transmitir aquello que consideraba esencial: quiénes somos, de dónde venimos, qué relación tenemos con la tierra y qué responsabilidad tenemos con quienes vienen después de nosotros. 

Y eso no es únicamente un “tema transversal” de convivencia o una actividad de la semana cultural. 

Eso es el corazón mismo de cualquier proyecto educativo que realmente se tome en serio la formación humana. 

Por eso el reto para los docentes no consiste en romantizar las tradiciones ni convertirlas en decoraciones pedagógicas para actos cívicos. El desafío es mucho más profundo y exigente: 

Aprender a escuchar lo que el territorio tiene para enseñar. 

Convertirse primero en estudiante de la comunidad antes de pretender ser maestro de ella. 

Porque una escuela que no aprende de su entorno no está educando. 

Está colonizando. 

Tres acciones para empezar hoy 

1. Realiza entrevistas etnográficas con tus estudiantes 

Pregúntales qué tradiciones practican en sus familias, cómo aprendieron esos conocimientos y quiénes se los enseñaron. No para calificarlos. No para convertirlos en tarea. Sino para reconocer que el aula ya está llena de saberes antes de que el maestro empiece a hablar. 

2. Invita a un sabedor o sabedora comunitaria como co-docente 

No como “invitado especial” de una fecha cultural. Invítalo a construir una unidad de aprendizaje real junto al docente. Que enseñe medicina tradicional, narración oral, tejido, agricultura, memoria histórica o interpretación ambiental desde su experiencia. 

Porque también hay pedagogía fuera de los libros. 

3. Mapea los saberes del territorio junto a tus estudiantes 

Identifiquen prácticas tradicionales presentes en la comunidad y relacionen esas experiencias con contenidos curriculares concretos. 

La tradición ya contiene ciencias naturales. 

Ya contiene matemáticas. 

Ya contiene lenguaje. 

Ya contiene historia. 

El problema es que la escuela todavía no ha aprendido a mirar suficientemente profundo para reconocerlo. 

Referencias: 
 

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  • De Arco Ballesteros, J. L., Galindo Pianetta, H. M., & Ramírez González, C. J. (2020). Nuevas problemáticas, sujetos y escenarios para la educación: un abordaje desde el enfoque psicocultural de Jerome Bruner. CEDOTIC Revista de Educación, 5(2). https://doi.org/10.15648/cedotic.2.2020.2583  
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Sobre Reiner Yesid López Charris

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Nació en Maicao, La Guajira (Colombia). Es docente de Educación Física, Recreación y Deportes, egresado de la Universidad de Pamplona, y especialista en Pedagogía y Docencia. Investigador, gestor comunitario y promotor de procesos educativos inclusivos en contextos rurales y urbanos del Caribe colombiano.

Hace parte del semillero AIDUA de la Universidad de La Sabana, donde participa en el proyecto Vida Laboral en el Autismo. Es investigador en proyectos de la Bayrón Becerra Foundation y fellow del programa internacional OMLATAM 2025, una red global de liderazgo transformador en América Latina y el Caribe.

Ha sido mentor y alumni del Programa Jóvenes Pazcíficos, desde donde acompaña procesos formativos en resolución de conflictos, liderazgo juvenil y construcción de paz en territorios históricamente excluidos.

Su trabajo articula cultura, sostenibilidad y justicia social como pilares para repensar la escuela desde las periferias. Actualmente se desempeña como vocal de la organización internacional DISFAM y Familia en Colombia, promoviendo la inclusión educativa de personas con dislexia y otras neurodivergencias.
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