Friday, February 20Revista digital ISSN 2744-8754

Una Navidad en calma

Autor: Manuel Ferrer Muñoz

Ilustrador: Juan Manuel Ferrer Cardona.

Me llamo Josemaría —así, todo junto, sin que María permita que la separen de José—, y tengo 103 años, es decir que me he colado en este libro. Y lo cierto es que, cuando me dijeron que había un límite de edad de 99 años, pensé en hacer alguna trampilla; pero no hizo falta, porque los editores me explicaron que eran flexibles y buena gente y que no se fijarían en mi fecha de nacimiento. Además he de confesar que el tiempo no pasa por mi familia al mismo ritmo que en las demás: como somos un poco acelerados, cuando los niños que nacieron el mismo día que yo cumplían años, yo les sacaba varias decenas.

Bueno, ya conocéis mi edad: 103 años. Os falta saber que mido 1,64 cm, lo que en el país donde nací se consideraba una estatura media; pero, con el tiempo, la gente empezó a crecer y crecer, y las cosas se volvieron difíciles para los medianos.

Hace unos años, cuando era un poco más joven, me dediqué un tiempo a la política; y no me fue mal del todo, gracias precisamente a mi altura. Me explico. Aburrido de vivir entre gente más alta que yo, me trasladé a los Países Bajos, donde fundé un partido político, el BR (Bajitos Resultones). Después de ir de cabeza de lista en siete campañas consecutivas, ganamos las elecciones. Sin comerlo ni beberlo me encontré de presidente de gobierno en un país de bajitos inteligentes. Pero no había pasado año y medio cuando me dio una bajona de ánimo, y me retiré de la política para recuperar el bajo, mi instrumento de música favorito, con el que llegué a ser moderadamente famoso tocando con La Blues Band de Granada.

Casi todo lo que he conseguido en mi vida, a la que aún le quedan bastantes vueltas más alrededor del sol, se lo debo a mi señor padre, que siempre me inculcó la Calma, la Paciencia y la Tranquilidad. Os contaré cómo discurrió mi aprendizaje, logrado en buena parte a base de tropezones y de la intercesión de dos santos muy milagrosos.

Recuerdo que, en una de las primeras oraciones que aprendí de memoria, se invocaba a San Plácido, uno de los protagonistas de esta historia. Todavía retengo el estribillo, que se repetía después de cada estrofa: “Oh, San Plácido bendito, / inmutable en los jaleos, / el más guapo entre los feos, / enséñame poco a poco / a que vaya despacito / en este mundo de locos”. Esa oración, la de San Tranquilino (“San Tranquilino, clemente: /que sea siempre buena gente”), y otra que dirigíamos a San Roque eran tres de mis predilectas. Aunque no venga a cuento en este libro de cuentos, os diré cómo canturreábamos esta última plegaria con una música muy pegadiza: “Oh, so; oh, so; oh, soberano San Roque, / arre, arre, arrepentido a tus pies, / danos, danos, danos un puro encendido, / un puro encendido amor hacia ti. / Haznos, haznos, haznos partícipes / de tu inmensa beatitud”.

Como papá, además de buen cristiano, era aficionado a la poesía, solía reforzar el rezo a San Plácido y las jaculatorias a San Tranquilino con la recomendación de Antonio Machado: “Despacito y buena letra: / el hacer las cosas bien / importa más que el hacerlas”. Y, como además de cristiano y aficionado a la poesía, papá era historiador, un día sí y otro también nos soltaba el mismo latiguillo: “no se tomó Zamora en una hora”, que, según nos explicaba, tenía su origen en el cerco de esa ciudad en el año 1072 por un rey de Castilla enfadado con su hermana Urraca, a la que había correspondido el señorío de Zamora cuando murió el padre de ambos, Fernando I.

Tendría yo setenta años cuando superé la primera prueba de fuego en la asignatura de Paciencia, aunque debo reconocer humildemente que se trató de un éxito pasajero, y que por culpa de mi hermano Juan Manuel la nota media en Paciencia bajó de un modo alarmante en los siete cursos de educación en casa que siguieron. Pero prefiero entretenerme más en los éxitos que en los fracasos; además, cuando se pasa del siglo de vida se han acumulado tantos fracasos que, si tuviera que hacer la lista, el cuento se convertiría en una historia interminable (como la de Michael Ende, ¿eh, listillos?).

Un buen día de un muy caluroso verano andaluz, tomamos la decisión (por mayoría absoluta, de 4 a 0) de irnos a vivir a Galicia. Se trataba de un proyecto pacientemente madurado por mi señor padre durante largos años que, por fin, se haría realidad. Hasta ahí, todo normal, ¿verdad? Pues no, listillos: aquello estuvo a punto de servirnos para licenciarnos en Paciencia, aunque el tiempo nos descubriría que aún nos faltaba camino por recorrer. Y voy al grano. Iríamos a Galicia, sí, pero alcanzaríamos la meta a pelo, con ayuda de un instrumental básico: brújula, pico y pala; la brújula, para no perder el norte, y el pico y la pala, para cavar un túnel que nos condujera desde la playa de Calaceite (en Torrox, Málaga) a la ría de Corcubión, entre el cabo Finisterre y la desembocadura del río Xallas.

El que la sigue la consigue, dice el refrán popular. Y después de un seguimiento de veinte años de pico y pala, tras un último golpe con el pico, se abrió ante nuestros ojos la playita de La Concha, en Cee. Pero, como habíamos sido muy discretos, nuestra llegada pasó inadvertida. No hubo ni banda de música, ni cohetes, ni discursos de hermanamiento entre Cee y Benamocarra. No faltó, sin embargo, una visita a la iglesia, para dar gracias a Dios y escuchar la lectura del Libro de Job que papá reservaba para las grandes ocasiones. A petición de los niños, San Plácido y San Roque tuvieron también su reconocimiento. Y también a petición de los niños, pasados unos días, llegó una mascota entrañable al jardín de nuestra casita de Cee: un topo recién escapado de un penal, al que llamamos El Fugitivo, que avivaría siempre en nosotros el recuerdo de la Gran Travesía Subterránea.

Sabíamos muy bien, porque así nos lo explicaron desde los primeros días en Cee, que debíamos ejercitar la famosa tríada —Calma, Tranquilidad, Paciencia—, y que habría que ir paso a paso en el proceso de hacer nuevas amistades, pues en Galicia hay menos prisas que en la alocada Andalucía que habíamos dejado atrás. Aunque lo cierto es que yo no había interiorizado esa enseñanza, y nada más llegar empecé a buscar amigos a izquierda y derecha, delante y detrás. Una vez más, mi señor padre —también mi señora madre— tenía razón.

Sobrevino entonces una honda decepción, que me apartó momentáneamente del círculo de amistades que había ido trenzando poco a poco. Sixto, uno de los líderes de esa pandilla, propuso excavar un túnel para escaparnos del colegio durante las clases de Historia, que aborrecíamos. Todos aprobamos el plan y yo ofrecí mi asesoramiento, dada mi experiencia en este tipo de trabajos. Me respondieron que cómo yo, que era el último mono, el que menos tiempo llevaba en el colegio, me atrevía a proponerme como candidato para asumir una responsabilidad tan grande. Ante ese desdén me enfadé muchísimo y me crucé de brazos. Y en esa posición permanecí los tres meses que duró la excavación del túnel.

Ni siquiera quise sumarme a la expedición el día en que el túnel quedó listo. Justo antes de que llegara al aula el profesor de Historia, mis amigos se escurrieron por el túnel, y en un plis plas todos ellos habían desaparecido como por arte de magia.

Lo que vino después fue un completo desastre. Perdieron el norte (también el sur, el este y el oeste) y, cuando según sus cálculos atolondrados, habían llegado al puerto de Brens y rompieron un terraplén que debía abrirles paso a un futuro luminoso, colmado de escapatorias de las aburridas clases de Historia, se encontraron en el centro de un estrecho patio semicubierto atestado de gente. Enseguida se desveló el enigma: en lugar de desembocar en el recinto portuario cercano al colegio, habían cruzado la ría de Corcubión para culminar una travesía laberíntica en el mismísimo cuartel de la Guardia Civil de Corcubión, en el preciso instante en que la subdelegada de Gobierno pronunciaba un discurso para celebrar el término de las obras de remodelación de las instalaciones, en presencia de los alcaldes de los concellos de la ría y del coronel jefe de la Guardia Civil en la provincia de La Coruña.

Los prófugos atrapados se libraron por los pelos de comparecer ante el Juzgado de Menores, porque ninguno había cumplido los catorce años, pero la Guardia Civil, de acuerdo con la dirección del colegio y con los padres, les impuso un castigo ejemplar: durante el resto de curso académico dedicarían dos horas diarias, por las tardes, a la limpieza de alcantarillas y al mantenimiento de fosas sépticas.

Hasta ahí llegaron mis planes de salida con mis amigos. Y ahí se frustraron también mis ilusiones de hacer amigos que me hicieran olvidar al aventurero y siempre animoso Dani, que había llenado mi vida de emociones fuertes durante las incursiones subterráneas en que nos embarcaba a mi hermano y a mí por los alrededores de Benamocarra. El atroz panorama de una dilatada espera que se abría con el castigo de mis todavía recientes amigos exigió prácticas intensivas de Paciencia y Calma, monitoreadas por mi padre, que siempre nos alentaba con palabras a las que era imposible resistirse: “no se tomó Zamora en una hora”…

Se sucedieron a partir de entonces varios retos de papá, con los que quería probarnos: carreras de 50 y 100 metros con obstáculos y sin ellos, recorridos en bici por carreteras llanas y empinadas, partidos de paddle. Nos ganaba siempre, pero el margen de ventaja fue disminuyendo, hasta que, con mucha Calma y Paciencia, empezamos a ganar algunos desafíos. Nuestro rendimiento mejoraba con el tiempo, al mismo ritmo que decaía el suyo.

El tablero de ajedrez continuaba siendo el muro donde una y otra vez se estrellaban nuestros anhelos de conquistar el último insalvable reducto, aparentemente invencible, siempre defendido con eficacia por un sonriente papá, atrincherado en sus últimas posiciones defensivas, que una y otra vez nos marcaba el camino: Tranquilidad, Paciencia y Calma.

Y llegaron las Navidades, y con ellas las lluvias y las ventiscas; y horas y horas encerrados todos en casa, jugando, leyendo, viendo tele, cantando villancicos… Tras sucesivas y desmotivadoras derrotas de ajedrez, llegó la tarde del 28 de diciembre. Decidí que, en homenaje a los Santos Inocentes, y con el patrocinio de San Pánfilo y San Tranquilino, había llegado el día de derrocar al maestro. Y lo reté. Nos sentamos frente a frente en la mesa del comedor, tablero de por medio. Reinaba el silencio. Hasta las perritas parecían contener el aliento. Papá esbozaba su habitual media sonrisa, que yo le devolvía maquinalmente, con la mirada clavada en el tablero. Yo jugaba con las negras, como de costumbre. Recordaba las consignas tantas veces repetidas: “¡Calma, Josemaría!, ¡ni un paso en falso!, ¡que nada te distraiga!”; y, casi sin darme cuenta, fui cobrando piezas y arrinconando al Rey de las blancas, hasta que lo acorralé en una esquina, amenazado de muerte y sin escapatoria por mi Reina, un Alfil y una Torre.

Cuando dejó caer a su Rey, papá se me acercó, me dio un abrazo de oso, y reconoció la derrota con una sonrisa espléndida: “¿Ves? Todo era cuestión de esperar el momento, con Calma y Paciencia. Ahora disfruta por vez primera la Tranquilidad que da el saber que no hay obstáculo invencible para el que confía en sí. Y nunca lo olvides: Violenti rapiunt”.

Sobre el ilustrador:

Juan Manuel Ferrer Cardona.

10 años. Cee (La Coruña, España). Colegio Plurilingüe Manuela Rial Mouzo

Sobre Manuel Ferrer Muñoz.

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Doctor en Filosofía y Letras, Sección de Historia, por la Universidad de Navarra (España), y Licenciado en Filosofía y Letras, especialidad de Historias, por la Universidad de Granada (España).
Director del Servicio de Asesoría para Investigadores en Ciencias Sociales y Humanidades (desde noviembre de 2018). Presidente de la Asociación Somos Axarquía (desde octubre de 2020).
Docente a tiempo completo en la Universidad Técnica del Norte (Ibarra, Ecuador), desde julio de 2015 a septiembre de 2016 y desde septiembre de 2017 a octubre de 2018; de la Universidad Técnica de Esmeraldas Luis Vargas Torres (Ecuador), desde septiembre de 2016 a octubre de 2017; de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Sede Ibarra (desde enero a julio de 2015); Becario Prometeo en el Instituto de Altos Estudios Nacionales (Quito, Ecuador), desde 2013 a 2014; Investigador Titular "C", Tiempo Completo, en el área de Historia del Derecho, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), desde 1994 hasta 2003.
Investigador de la Red de Investigadores sobre Identidades Nacionales y del Grupo Identidad, Educación y Paz en América Latina. Coordinador general del Centro Europeo de Estudios sobre Flujos Migratorios (Gran Canaria, España), desde 2003 hasta 2013. Secretario y director de investigación en el Centro de Estudios de Humanidades (Gran Canaria, España), desde 1990 a 1994.
Coordinador y autor de algunos cuentos del libro El mundo de Misifú. Asesor y director de seminarios de investigación en Ciencias Sociales y en talleres de escritura creativa.
Autor de 30 libros, 30 capítulos en libros, 90 artículos científicos y 49 ponencias en Congresos.

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