Autor: Jacqueline Murillo Garnica
Ilustraciones: Canva
Pedro se persigna, luego de cerrar la puerta de la casa. Mira el horizonte y respira con cierto dejo de esperanza. Las nubes revolotean en el firmamento, y dos pirámides maltrechas se asoman en medio del sol que empieza a notarse, como invocando un nuevo día.
—Faltan tres días para el veinticuatro —se dice para sí, Pedro.
—Tengo que vender todos los marranos y pagar lo que me prestaron en la veterinaria. Bueno, del cuero salen las correas —vuelve a persignarse con la férrea convicción de vender todos los cerdos.
Han pasado dos horas, y Lorenza atisba el fogón para asar los dos últimos plátanos. Los voltea con precaución ayudándose con dos palos que hacen las veces de utensilios, para no quemarse con las brasas.
–¿Y si le digo a la comadre que me preste, mientras Pedro vende los marranos? Fijo que con la suerte que tenemos, me irá a decir que ese dinero es para los regalos de navidad de los sobrinos, que no sé qué y si sé más…. ¡Pamplinas! ¡Virgencita, usted nunca me ha fallado! Bueno, sí algunas veces, pero mejor que tenga mala memoria. No es por porfiada, pero como madre que es, también debe saber lo que se siente que su hijo Jesús no haya tenido un solo regalo de navidad. Y fíjese, le llegaron los tres Reyes Magos con oro, incienso y mirra. ¡Ah! gran poder de Dios, que yo le pueda comprar la muda de ropa a los niños, y la mascota que quiere Gabriel.
—¡Isabel, Esteban y Gabriel, ya está servido el desayuno!
—¿Qué es? A ver, yo adivino —dice Isabel, que se conoce el menú de todos los desayunos.
—Plátano asado con chocolate —reta Isabel, porfiada.
—Agradezca, mijita, que tenemos para desayunar y repetir, hay muchos niños que ni siquiera pueden desayunar.
—Sí, señora amá —responden los tres pequeños al unísono.
Lorenza, que no omite detalle, recuerda a los muchachos que hay que lavar al Niño Jesús, porque se guardó con el polvo del año pasado. No vaya a ser que se coloque sucio. Pobre será, pero el Niño Dios es blanquito y terso como la porcelana.
—Pero amá, si el Niño Jesús nació en un pesebre donde posaban las vacas y los bueyes, no es que sea un lugar sin polvo, sin mugre. Ese sitio tenía paja sucia —Esteban, osado como es, corrige a la mamá, alza la voz para darse importancia, frunce el ceño y arruga la nariz con gracia para resaltar las condiciones de un pesebre.
—Digamos que fue así, pero justamente era un lugar muy sencillo, en el campo también. Ese niño es el hijo de Dios, y por eso nació allí hace más de dos mil años. Bueno, ya es hora de arreglar la casa, y no se les olvide buscar al Niño Jesús, lavarlo y ponerlo a secar, pues solo faltan tres días para la Navidad. Esta noche tendremos la novena con los vecinos de la finca de al lado.
—Sí, amá, ya nos dijo lo del Niño Jesús
En el firmamento, las nubes empiezan a alejarse y el azul celeste se abre para dar paso al sol que ya se posiciona delante de las dos montañas. Pedro sigue sin tregua clavando el azadón en la tierra, y va dejando a un lado las plantas de papas todavía cubiertas de tierra. Lleva dos horas cavando y sabe que lo que ha recolectado da para tres bultos. Suspira y entona la canción navideña que escuchaba desde muy pequeña en el transistor de su abuelo Genaro:
Llegó diciembre con su alegría,
mes de parrandas y animación,
en que se baila de noche y día
y es solo juergas y diversión.
Se hace natilla, se hacen buñuelos,
se dan regalos en caridad.
Engringolados chicos y abuelos
hacen el árbol de navidad.
El marranito que había comprado
desde noviembre para engordar
ya de las patas bien amarrado
y vengan todos a chamuscar.
Nube de globos el cielo llena,
pólvora a chorro llena también,
y algunos novios en nochebuena
por chupar piña ni oyen ni ven.
Ya nació el Niño, ya tiene un diente,
ya siente ganas de caminar,
que traigan vino, ron y aguardiente,
porque toditos quieren bailar.
Toquen guabina, después el porro,
luego un merengue, cumbia al vaivén,
y que me toquen a mí un pasillo
y un bambuquito quiero también.
No se cansa Pedro de repetir una y otra vez la tonada. Algunas veces cambia las palabras por el silbido. Se siente alegre porque sabe que la cosecha de papa se venderá bien en el mercado y dará ganancias para la navidad.
En la casa, Gabriel, el menor y el más callado de los tres pequeños, solo tiene en su mente la imagen de su mascota. Se imagina dándole de comer, que corra con él por la pradera, que lo espere al llegar de la escuela, que lo acompañe a desayunar, que lo despierte temprano y él le acaricie el hocico.
Pedro se sienta encima de la piedra que marca el camino para la finca de don José, donde ha dejado a los marranos para engordar antes de venderlos para la navidad. Ya han pasado cinco horas desde que Pedro se puso a preparar las papas para que lucieran tentadoras en el mercado. Las ha limpiado de los residuos de tierra, les ha quitado las raíces y retirado las plantas que se colaron en el saco, y las ha organizado con criterio: en cada bulto ha dejado las medianas y más pequeñas en el medio, y el resto de cada bulto lo ha llenado con las papas de mayor tamaño.
Una sonrisa amplia que deja ver sus dientes estrechos ilumina el rostro de Pedro, que traduce una infinita alegría. Ya todo está prácticamente listo para los preparativos de la navidad: la venta de los bultos de papa y los cerdos, que de seguro son ventas fijas y a un buen precio.
Es la hora del almuerzo, y Pedro saca su portacomida, limpia la cuchara con el trapo que cubre el recipiente, y empieza a degustar animosamente su platillo. Cada vez que eleva su cabeza y mira al cielo, le da gracias a Dios por ser la fuente que provee a su familia; goza contemplando a sus hijos, que son unos niños sanos, y se emociona con el cariño sin fallas de Lorenza. Desde ese lugar, en la piedra donde reposa su almuerzo, Pedro alcanza a ver parte de la cerca que divide las dos fincas, raídas.
—Menos mal que esos animales están al otro lado. Por fortuna la finca es grande y así don José me puede alquilar el sitio para los marranos.
—Bendito sea Dios —Pedro continúa su soliloquio y vuelve a mirar el firmamento, como si supiera que allá arriba lo están viendo y escuchando. Es su expresión favorita para comunicarse con Dios.
El día siguiente Pedro inicia su rutina, y esta vez más temprano que de costumbre. Debe sacar los marranos del corral de la finca de don José, para venderlos en el mercado. Esta misión requiere alquilar un carrito para llevar los animales hasta la plaza.
Pedro llega a la finca de don José, se saludan muy efusivamente. La alegría que produce saber que ya casi llega la Navidad y que las cosechas han dado su fruto es expresión de su agradecimiento al Creador. Y su sonrisa se refuerza con la certeza de que un buen premio está por caer en sus manos.
Don José lo saluda con estima y le devuelve una gran sonrisa.
—Así es bueno hacer negocios —le dice expresando su beneplácito.
Pedro, con la ayuda de don José, sube los animales al carrito. Algunos de ellos suben la rampa con cierta dificultad, ¡tan rollizos están! Los dos amigos se estrechan la mano y acuerdan verse para la celebración de la navidad en casa de Pedro.
En la plaza de mercado, Pedro logra vender el lote de cerdos al primer comprador.
—Son veinticuatro, mi señor —responde Pedro a la pregunta del comprador por el número de los animales.
El hombre echa un vistazo a los cerdos, ve que están regordetes y gozan de buena carne. Regatea el precio, pero advierte que no hay veinticuatro, sino veintitrés.
Pedro cuenta para cerciorarse de que el comprador se ha equivocado y no ha sumado bien. Cuenta uno a uno, y en efecto, hay veintitrés. Al saber que ya no son los veinticuatro que decía Pedro, el hombre baja el precio. Pedro asiente y concluyen la negociación.
El día ha llegado y en el hogar de Pedro el horno exhala un olor a viandas recién hechas, y los aromas se extienden por toda la casa. Las luces del árbol de navidad, acomodado sobre una pequeña mesa, titilan con sus diversos colores. Junto al árbol, el pueblo de Belén y, en sus afueras, el pesebre, que aguarda la llegada del Niño Dios. También aquí hay lucecitas que iluminan montañas, casas, rebaños de ovejas. No falta un pequeño lago, de papel transparente, donde nadan diminutos patos. Algunas montañas están coronadas de algodón en las cumbres, semejando nevados. Otras figuras se destacan en el pesebre: moradores de Belén, pastores, pescadores, labriegos como Pedro y don José, leñadores.
Entre Isabel, Esteban y Gabriel han trazado un camino que cruza a través de un puente de corcho un río de papel de plata, y han puesto en él a los tres Reyes Magos, avanzando a Belén.
—¿A qué horas debo colocar al Niño Jesús en su cunita? —pregunta Gabriel, emocionado.
—Hijo, a las doce —responde Lorenza con especial ternura.
—Pero a esa hora llegan los regalos.
—Sí, pues los trae el Niño Dios. Así que todo es perfecto, como Dios, que ha creado el día y la noche en la tierra. A propósito: ¿ya tienen listas las cartas al Niño Dios?
—¡Sí, amá! —responden los tres de inmediato. Gabriel, con voz tímida, recuerda a la mamá que su mascota es lo único que desea de regalo de Navidad.
—¡Ah, Dios! ¡Qué niño tan testarudo! ¿Por qué no habrá pedido un juguete? ¡Pero una mascota, habiendo tantos animales en el campo…. —se le escapa un suspiro acompañado de un leve mohín de disgusto, casi imperceptible, que se dibuja en su cara mientras hace estas reflexiones para sí.
Ya cerca de la media noche, Gabriel se asoma por la ventana de la casa. Las luces de las casas de las fincas vecinas se encienden con los estruendos de la pólvora, y Gabriel fija su mirada en el camino que lleva a la casa, delineado por las rosas, los anturios blancos y las pequeñas matas. Un hociquito se asoma por uno de los arbustos, y Gabriel abre sus grandes ojos, para contemplar a un pequeño cerdo que se esconde tímidamente en la planta.
Henchido de emoción, Gabriel sale a su encuentro.
—¡Es mi mejor regalo de Navidad!
Sobre Jacqueline Murillo Garnica
Doctora en Literatura Española e Hispanoamericana por la Universidad de Salamanca (España), Magistra en Literatura por la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá, Colombia) y Licenciada en Educación Básica Primaria por la misma universidad.
Ver todas las entradas de Jacqueline Murillo GarnicaDocente de educación superior en el sector público y privado de Bogotá y República Dominicana.
Miembro de Asociación para el Estudio de la Literatura Africana, Asociación de Historiadores Latinoamericanistas Europeos, Asociación Colombiana de Historiadores, Semillero de Investigación permanente en Literatura Latinoamericana.
Integrante del grupo de investigación de la Maestría en Literatura de la Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá.
Jurado en concursos de cuentos, becas de investigación en literatura y poesía en IDARTES (Alcaldía Mayor de Bogotá) y Asociación Colombiana de Universidades.
Ha cultivado también la escritura creativa, de la que dan testimonio las siguientes publicaciones:
-varios poemarios: Por ocho centurias (2018), Travesías Urbanas (2020); Los Sonidos del Terror (2021), La pluma creativa (2021);
-un libro de relatos cortos: Itinerario de los días que fueron (2021);
-una novela: La mujer que nunca reía (2024),
-y un cuento: Vida de perros (2020).