Autor: Manuel Ferrer Muñoz
Ilustrador: Josemaría Ferrer Cardona
Juan Manuel había oído decir que en casa de su amigo Álvaro no esperaban la visita de los Reyes Magos ese año: sus padres acababan de instalarse en Cee a fines de noviembre, y estaban tan ocupados buscando trabajo que se habían olvidado de entregar a tiempo en el Correo Real la carta a Sus Majestades que Álvaro les había entregado antes de la mudanza. Peor aún: habían extraviado la carta y sabían que ya llegaban tarde, como les había informado un empleado de Correos a quien preguntaron por el buzón de los Reyes Magos. Así lo explicaron entre lágrimas a su hijo. Y Álvaro, que era muy noble, los abrazó y los consoló; y con nadie compartió su pena, con excepción de Juan Manuel, que en pocas semanas desde que se conocieron se había convertido en su mejor amigo. Eso sí, el 6 de enero de 2026 los Reyes pasarían por Cee, sin advertir que en una vieja casita de la calle Rosalía de Castro había un niño que se quedaría sin regalos. Y nada podría cambiarlo.
Y, sin embargo, alguien iba a cambiarlo. ¿Hace falta que os diga el nombre de ese alguien?: ¡¡¡Juan Manuel!!!
El cerebro de Juan Manuel —Juanma para sus amigos, que eran casi todos los niños del pueblo de su edad y de la edad de Josemaría, su hermano mayor— se puso inmediatamente en funcionamiento cuando Álvaro le confirmó la triste noticia. Y, enseguida, su cerebro consultó a su corazón. Deliberaron; y del debate salió la solución del problema, que consistía en una mentirijilla por una buena causa. Tenía que conseguir dinero para comprar regalos; una vez que hubiera reunido una cantidad razonable, trataría de averiguar qué había pedido Álvaro a los Reyes —operación sencilla, pues se consideraba muy hábil para tirar a otros de la lengua—; ya con el listado de las ilusiones de su amigo en mano, aprovecharía un viaje familiar a La Coruña para entrar a degüello en tiendas que estuvieran de rebajas, y, finalmente, se disfrazaría de paje de los Reyes Magos para colarse por una ventana en la casa de Álvaro en la noche del día 5, y dejar los paquetes de regalos junto al par de zapatos maltratados por el uso y el abuso de su gran amigo.
El primer punto del plan requería acción inmediata. Descartó rápidamente iniciativas locas: asaltar un banco (acababa de aprender en la catequesis que el séptimo mandamiento condenaba el robo; y eso sin contar con que las señoras de Caixabank eran muy amigas de su madre), anunciar en el periódico local que se abría una suscripción para financiar un regalo a un amigo suyo; vender la bicicleta de su hermano (ya le explicaría en su momento el motivo de esa operación financiera)… Por fin dio en el clavo: llamó a uno de sus amigos mayores, que repartía rifas para su viaje de estudios, y negoció con él para quedarse con un porcentaje de las ventas con el propósito de atender una necesidad especial, secreta y muy buena. Su amigo lo creyó y le confió la venta de diez talonarios: quinientas papeletas en total.
Llegó el momento del gran reto, el mercadillo dominical de Cee: el tercer domingo del mes de diciembre, a sólo tres días de Navidad y quince de Epifanía. No se desalentó por el mal tiempo, habitual en esas fechas: una mezcla desagradable de viento, lluvia y frío. Se calzó sus botas (impermeables en tiempos mejores, aunque menos blindadas contra la humedad después de un año y pico de uso intensivo), y se vistió con sus mejores galas domingueras. Incluso se le ocurrió que si acomodaba su aspecto al de un vendedor de cupones de la ONCE muy conocido en Cee, y completaba ese atuendo con algunos efectos especiales, atraería más clientela: se mercó unas gafas de sol, tomó un bastón prestado de casa de su abuelo, y se ofreció en casa a sacar de paseo a su perrita Luna, a la que en secreto explicó en qué consistía el trabajo de una mascota lazarillo.
Desayunó a todo correr, pidió prestado unos euros para darse el capricho de un chocolate con churros a media mañana, y se escurrió sigilosamente hacia la puerta de salida de su casa, tratando de pasar inadvertido para ahorrarse preguntas delicadas sobre su peculiar caracterización de elegante cieguecito.
Las impresiones que recibió nada más llegar al mercadillo no pudieron ser peores. Apenas había dado los primeros pasos entre la gente que se agrupaba en torno a los puestos más cercanos al Café-Bar Central, cuando estuvo a punto de chocar con Xosé, un vecino del primer piso, el mismo que le había inspirado el disfraz que llevaba puesto. Una rápida finta le permitió rehuir la mirada extraviada de Xosé y mantener el anonimato; pero sí descubrió señales inquietantes de que iba a encontrar una fuerte competencia: Xosé lucía impecable con un abrigo que daba mil vueltas al viejo y sobado chaquetón que se había echado por encima para protegerse del frío y del agua; y, para colmo, junto al fajo de cupones que Xosé apretaba en una de sus manos enguantadas se entreveía un buen montoncito de billetes de diez y veinte euros.
Huyendo de Xosé casi tropezó con Mamadou, un senegalés gigantesco que vendía todo tipo de camisetas, artesanías y zapatillas que le colgaban del cuello, del tronco y de los brazos, y lo asemejaban a un escaparate ambulante. Mamadou le saludó con su eterna sonrisa de dientes blanquísimos, y hasta quiso venderle una ballenita de madera tallada por su abuelo que vivía en Saint Louis. Tan confundido se hallaba Juanma que estuvo a punto de empezar el regateo para bajar el precio. Recuperada la cordura, echó una rápida ojeada a la cartera de su amigo, que se veía repleta de billetes de varios colores. Y no pudo evitar un pensamiento angustioso: ¿no habrían copado entre Xosé y Mamadou la plata que los clientes del mercadillo pensaban destinar a juegos de azar y a chucherías?
Apartó esos pensamientos pesimistas, recordando al policía municipal que a las horas de entrada y salida de los niños del colegio Manuela Rial Mouzo da el alto o deja pasar a quien mejor le parece. Y optó por permitirse sólo reflexiones estimulantes. Dicho y hecho. Su imaginación lo trasladó a casa de Álvaro, el día de Reyes, a primera hora de la mañana, y se vio a sí mismo camuflado como paje, huyendo por la ventana sin ser descubierto, con la satisfacción del deber cumplido.
Empezó entonces una frenética recaudación. Como por arte de magia, las papeletas de las rifas iban pasando a manos de la gente que llenaba el primer corredor del mercadillo, y las monedas de uno y de dos euros caían sin cesar en la mochila que Juanma cargaba en un costado. Esa felicidad estuvo a punto de empañarse cuando, al percibir el aroma del chocolate y de los churros, le asaltó una duda atroz: ¿y si destinara las moneditas reservadas para ese tentempié a la compra de regalos para Álvaro? Pero desechó esos miramientos y se dijo para sus adentros que, a fin de cuentas, la recarga de energías era una necesidad, y no un antojo.
Advirtió entonces que se abrían las puertas de la iglesia para la misa, y decidió darse un descansito junto a Jesús y agradecerle el éxito de su negocio, aunque con cierta mala conciencia: porque no le parecía del todo adecuado hacerse pasar por paje de un Rey Mago. Casi fue un hola y adiós, pues nada más sentarse en un banco, cerca del sagrario, se acordó del banquete de chocolate y churros que tanto le tentaba: y, aunque su conciencia le reprochaba con timidez su mezquindad por no renunciar al dinero que llevaba para su media mañana, en vez de destinarlo al fondo que esperaba reunir para los regalos de Álvaro, la llamada del hambre resonaba con mayor fuerza y se imponía a esos escrúpulos. Además, su reloj de pulsera le indicó que no faltaba mucho para el cierre del mercadillo. Debía apresurarse.
Como un resorte, Juanma se alzó del banco y enfiló el pasillo central de la iglesia, camino de la calle. Distraído en sus andares alborotados, casi tropezó con el monaguillo de escayola situado a la entrada, con una hucha en las manos para recibir las limosnas de los fieles. Se le vinieron a la mente tantas imágenes de personas pobres que iban a pasar las Navidades con la angustia de no poder ofrecer a sus hijos ni siquiera un techo, ni el calor de un hogar. Arrebatado como era, se puso a vaciar su mochila en la cajita que sostenía el monaguillo de escayola, hasta que se esfumaron todas las monedas de uno y de dos euros. Ya en el umbral de la iglesia, tanteó la bolsita donde guardaba la calderilla con que costear su festín de chocolate humeante y churros calentitos; se encaró otra vez con el monaguillo y, dando un suspiro, se deshizo de su contenido. No le quedaba ni siquiera un triste euro.
Instantes después, la ligereza de su mochila lo devolvió a la realidad. Había que empezar otra vez de cero. El tiempo escaseaba. Rastreaba en su memoria recomendaciones para liquidar pronto las papeletas de los talonarios que aún conservaba. Alguien le había dicho que, si lograba inspirar pena, el objetivo se alcanzaba en tiempo récord. ¿Funcionaría el truco? ¡Nada de eso! Durante un buen rato adoptó una expresión compungida y se exhibió ante mujeres y hombres que no miraban, que a lo sumo dirigían ojeadas torvas a su alrededor, reveladoras de desconfianza, hastío, indiferencia. Ninguna de esas personas reparó en Juanma, indiferentes a su disfraz de ciego y a su atenta perrita lazarillo. Abrumado por ese abandono, el niño concluyó que Jesús se había escapado de la Navidad.
¡Pero no podía ser! ¿Cómo iba a dar la espalda Jesús a la conmemoración de su propio Nacimiento? El espíritu de la Navidad vencería a los miedos, al cinismo de los brazos caídos, a la flojera de los miembros agarrotados por la ansiedad y los desengaños! Y Juanma, reanimado por esa certeza, dejó atrás aquellas sombrías meditaciones para adentrarse en su corazón, que le exigía regresar a la batalla y enterrar los malos augurios.
Un coro de viejecitas sonrientes, enfrascadas en las más divertidas conversaciones, confirmó a Juanma en lo acertado de su última premonición. Apenas lo divisaron rodearon al niño complacidas: algunas, las más melosas, revolvían su flequillo rebelde; otras hacían cucamonas a Luna y le ofrecían chuches perrunos, mientras el resto se ocupaba de acomodar la mochila que Juanma portaba en bandolera y de ir llenándola de billetes y monedas.
Quince días después, Juanma, vestido de paje de los Reyes Magos y con un enorme bulto a cuestas, trepa sigilosamente por una tubería que recoge el agua del tejado de la casa número 23 de la calle Rosalía de Castro, y se cuela por una ventana mal encajada. Es de noche, las vías están desiertas y nadie se ha cruzado en su camino. Ya en el interior de la vivienda se asegura de que el silencio sea absoluto. Sabe de memoria dónde acostumbra Álvaro dejar sus zapatos durante la noche, y avanza despacio. Cuando cree haber llegado a ese rinconcito de la sala de estar, deja su cargamento en el suelo y enciende una linterna para poder acomodarse bien y deshacer el bulto donde trae los regalos para Álvaro. Lo que salta a la vista, con el haz de luz que arroja la linterna, le arranca un grito de asombro que, enseguida, ahoga con ambas manos: junto a los zapatos hay un enorme árbol decorado con mil guirnaldas y bolas de colores; y al pie del árbol, una montaña de regalos.
Es 6 de enero. A media mañana llaman repetidamente a la puerta. Juanma, sin saber lo que dice, encarga a Luna que abra. Ante la negativa de la perrita pretende delegar esa tarea en Josemaría, pero acaba por asumir su condición del más pequeño de la familia, y enfila el pasillo para facilitar la entrada al inoportuno visitante. ¿A quién se le ocurre venir de visita en plena mañana de Reyes? Suena el timbre una y otra vez, y alguien golpea la puerta con los nudillos. Cuando Juanma franquea el paso al impaciente, aparece la cara radiante de Álvaro, todavía en pijama, enfundado en una pelliza esplendorosa, calzado con unas botas impermeables, subido en unos patines de ruedas, y tocado con un gorrito de papá Noel.
Según cuentan los que saben, sí alcanzaron los Reyes Magos a visitar, con doble cargamento, la casa número 23 de la calle Rosalía de Castro.
Sobre el ilustrador:
Josemaría Ferrer Cardona.
13 años. Cee (La Coruña, España). Colegio Plurilingüe Manuela Rial Mouzo
Sobre Manuel Ferrer Muñoz.
Doctor en Filosofía y Letras, Sección de Historia, por la Universidad de Navarra (España), y Licenciado en Filosofía y Letras, especialidad de Historias, por la Universidad de Granada (España).
Ver todas las entradas de Manuel Ferrer Muñoz.Director del Servicio de Asesoría para Investigadores en Ciencias Sociales y Humanidades (desde noviembre de 2018). Presidente de la Asociación Somos Axarquía (desde octubre de 2020).
Docente a tiempo completo en la Universidad Técnica del Norte (Ibarra, Ecuador), desde julio de 2015 a septiembre de 2016 y desde septiembre de 2017 a octubre de 2018; de la Universidad Técnica de Esmeraldas Luis Vargas Torres (Ecuador), desde septiembre de 2016 a octubre de 2017; de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Sede Ibarra (desde enero a julio de 2015); Becario Prometeo en el Instituto de Altos Estudios Nacionales (Quito, Ecuador), desde 2013 a 2014; Investigador Titular "C", Tiempo Completo, en el área de Historia del Derecho, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), desde 1994 hasta 2003.
Investigador de la Red de Investigadores sobre Identidades Nacionales y del Grupo Identidad, Educación y Paz en América Latina. Coordinador general del Centro Europeo de Estudios sobre Flujos Migratorios (Gran Canaria, España), desde 2003 hasta 2013. Secretario y director de investigación en el Centro de Estudios de Humanidades (Gran Canaria, España), desde 1990 a 1994.
Coordinador y autor de algunos cuentos del libro El mundo de Misifú. Asesor y director de seminarios de investigación en Ciencias Sociales y en talleres de escritura creativa.
Autor de 30 libros, 30 capítulos en libros, 90 artículos científicos y 49 ponencias en Congresos.