Friday, February 20Revista digital ISSN 2744-8754

El Bosque Plateado

Autora: Aikaterini Vergetaki Peirasmaki

Ilustraciones: Canva

El pueblo se llamaba El Bosque Plateado, y sin embargo su nombre sonaba como una promesa incumplida. Nadie recordaba con certeza por qué lo habían bautizado así; solo el bosque, que lo rodeaba por todos lados, parecía conservar su memoria. Sus árboles se alzaban como guardianes silenciosos del tiempo, con raíces hundidas profundamente en la tierra, del mismo modo que los recuerdos en el alma de las personas. Se decía que, antaño, cuando la nieve cubría sus ramas, el bosque resplandecía como un espejo del cielo, y aquel fulgor plateado no era solo luz, sino memoria: la memoria de quienes habían vivido, amado y compartido aquel mismo lugar. Entonces, la luz en el Bosque Plateado tenía peso y sentido. Nacía de la luna, de las lámparas de las casas, de las miradas que se cruzaban en las calles. Era una luz que reconfortaba, que mostraba el camino, que recordaba a los hombres quiénes eran y qué se debían unos a otros. Era, sin que lo nombraran, el reflejo de sus valores.

Pero a medida que las personas se alejaban entre sí, la luz fue cambiando de naturaleza. Una luz azulada y fría comenzó a derramarse por las ventanas, sustituyendo a las llamas y a las miradas. Iluminaba todo, excepto lo que realmente importaba. Iluminaba rostros inclinados, ojos cansados, almas que habían olvidado mirar más allá de la superficie. Y el bosque, cargado de recuerdos que ya nadie escuchaba, permanecía alrededor del pueblo como un libro abierto que nadie leía. El Bosque Plateado seguía existiendo, pero entre sus raíces y sus luces algo se había perdido: el vínculo entre la memoria y los valores, entre el pasado y el presente. Y, aun así, en lo más hondo de su silencio, el pueblo seguía esperando el momento en que la luz verdadera volviera a encontrarse con el bosque —el momento en que los hombres recordaran.

Por las noches, cuando todo se aquietaba y el pueblo se sumergía en un silencio que nunca era del todo absoluto, el bosque que rodeaba el Bosque Plateado parecía respirar con mayor intensidad, como un ser vivo que no duerme. Su respiración no se oía, pero se percibía: en el leve crujir de las hojas, en el modo en que las ramas se inclinaban en la oscuridad.

El viento pasaba entre ellas como una lectura lenta y cuidadosa de un manuscrito antiguo, hojeando las memorias del lugar página a página. Y si alguien se detenía lo suficiente, creería escuchar palabras —no palabras claras y completas, sino fragmentos, restos de vida: risas de niños que corrían antaño por los patios, pasos sobre la nieve recién caída, voces que resonaban alrededor de mesas sencillas, colmadas de afecto.

Era la memoria del lugar la que hablaba, no para reprochar, sino para recordar. Una memoria paciente, profundamente arraigada como las raíces de los árboles, que unía lo que parecía perdido. No exigía regresar al pasado ni idealizaba lo que había sido; solo pedía no ser olvidada, que los lazos entre quienes vivieron y quienes viven ahora permanecieran intactos, y que la cadena de la experiencia mantuviera firme el presente.

El bosque no gritaba. Esperaba. Guardaba las historias como semillas listas para germinar si alguien, aunque solo uno, se inclinaba a escucharlas. Porque, como saben todas las cosas antiguas, la memoria no se pierde cuando calla, sino cuando deja de encontrar un corazón dispuesto a reconocerla. Pero la gente ya no escuchaba. No porque no hubiera sonidos, sino porque había aprendido a vivir sumergida en ruidos artificiales, en notificaciones que reclamaban sin descanso su atención, en imágenes que se sucedían con tal rapidez que nada permanecía el tiempo suficiente para echar raíces. Las palabras perdían su peso incluso antes de ser pronunciadas; las miradas resbalaban sobre los rostros sin detenerse; y el silencio —aquel que antes engendraba pensamiento y comprensión— se había convertido en un simple vacío entre dos ruidos. Las conversaciones se volvieron breves, casi utilitarias, como mensajes enviados para confirmar presencia, pero no esencia. Las relaciones, privadas del tiempo que la confianza necesita para crecer, se volvieron frágiles, listas para quebrarse ante el menor peso.

Los días se llenaban de actividades, obligaciones e imágenes, pero al final dejaban tras de sí una sensación de vacío, como un libro lleno de páginas sin palabras.

La plaza, que antaño había sido lugar de encuentro, espacio de intercambio de historias y risas, se había transformado en un simple lugar de paso. La gente la cruzaba apresuradamente, con la mirada baja, como si temiera encontrarse con alguien que le pidiera detenerse, hablar, recordar.

Y allí, en su centro, el árbol seguía adornándose cada año, fiel a su cita con las estaciones. Pero parecía ya un símbolo sin lectores, una palabra escrita en una lengua que nadie intentaba aprender.

El abuelo Jacobo era de los pocos que todavía caminaban despacio. No por debilidad del cuerpo, sino por una elección consciente de la mente y del corazón. Había aprendido con los años que lo verdaderamente valioso no soporta la prisa; que las palabras necesitan tiempo para decirse, las personas para comprenderse y los recuerdos para asentarse.

Su paso era medido, casi ritual, como si quisiera resistir a un mundo que corría sin rumbo. Cada tarde seguía el mismo recorrido por necesidad: pasaba por la plaza, se detenía frente al gran árbol y apoyaba la mano en su tronco, saludando a un viejo amigo. Ese contacto silencioso recordaba a Jacobo que algo aún perduraba, pese a los cambios y las pérdidas.

Luego avanzaba hasta el borde del bosque, donde permanecía quieto un instante, dialogando con recuerdos sin palabras pero con peso. Escuchaba el viento, observaba las ramas y dejaba que el tiempo transcurriera sin medirlo. Sabía que el bosque recordaba los rostros que se habían ido, las historias no contadas y los valores antiguos. En ese saber encontraba consuelo: mientras exista al menos uno que recuerde, nada se pierde del todo; solo espera ser escuchado de nuevo.

La víspera de Navidad, el cielo descendió temprano, como queriendo acercarse a la tierra. Las nubes cubrieron pesadamente el Bosque Plateado y la noche llegó antes, pensativa. El pueblo encendió sus luces mecánicamente, sin alegría ni expectativa. Tras los cristales, las pantallas brillaban una tras otra, y una luz azul, suave pero fría, cubría todo como un velo, ocultando los matices de la vida y nivelando alegrías, penas, rostros y silencios.

Era una luz sin profundidad ni raíces, que nacía y se apagaba con solo pulsar un botón, sin memoria ni continuidad. No reconfortaba, no unía, no alcanzaba el bosque; quedaba atrapada dentro de las casas, igual que las personas que permitían que los iluminara.

Fue entonces cuando Jacobo encendió su farol. La llama titiló con timidez, como si se preguntara si aún tenía razón de existir. Por un instante pareció a punto de apagarse, y luego se afirmó, pequeña pero decidida. No era una luz poderosa ni deslumbrante. No cubría grandes distancias, pero iluminaba exactamente lo necesario.

Era una luz que llevaba en su interior algo de esos valores difíciles de perder: la paciencia, la presencia, el cuidado. Y al extenderse en silencio por la plaza, parecía recordar al pueblo que, incluso en la oscuridad más densa, basta una pequeña llama constante para volver a encontrar el camino.

Al mismo tiempo, en la casa de Nicolás, el tiempo había perdido la medida. Ya no avanzaba; giraba sobre sí mismo, atrapado en la repetición de los mismos gestos y sonidos. El juego continuaba sin pausa, las imágenes se sucedían con vértigo, y el mundo fuera de la pantalla se había convertido en un decorado lejano, como un dibujo desvaído tras un cristal. La voz de su madre llegaba cada vez más débil, fragmentada, como si atravesara no solo muros de hormigón, sino muros de indiferencia. Sus palabras se perdían antes de convertirse en sentido.

Y entonces, de pronto, oscuridad. Las pantallas se apagaron sin aviso. Los sonidos se cortaron a mitad del aliento. El silencio cayó con peso, no como amenaza, sino como una pregunta que exigía respuesta. Por primera vez, Nicolás se sintió incómodamente solo. No asustado —solo. Un vacío se abrió en su interior, como una habitación cuya existencia acababa de descubrir.

Levantó la mirada y observó a su alrededor. La habitación seguía allí. Las sombras eran familiares, los objetos estaban en su sitio. La casa existía. Y afuera, más allá de la ventana, algo lo llamaba en silencio, insistente, como un aliento que espera ser escuchado. Se puso el abrigo y salió a la plaza.

El aire olía a invierno y a leña quemada. Las calles estaban tranquilas, envueltas en esa serenidad que solo tienen las noches poco antes de Navidad. Y entonces lo vio: el viejo farol en medio de la plaza. Su luz no cubría la oscuridad; la atravesaba, como si la comprendiera, como si la respetara.

Y allí, a su lado, estaba el abuelo Jacobo, envuelto en su abrigo, con la mirada puesta no en la luz, sino en lo que la rodeaba, como si escuchara algo invisible.

—¿Por qué no tienes miedo de la oscuridad? —preguntó Nicolás, rompiendo el silencio. El anciano sonrió; una sonrisa lenta, profunda, cargada de memoria.

—Porque la oscuridad recuerda lo que necesita la luz —respondió con calma.

Se inclinó y tocó suavemente el farol.
—La luz no está hecha para expulsar la oscuridad, Nicolás. Está hecha para mostrarnos el camino cuando todo parece perdido.

Nicolás miró la luz de otra manera. No brillaba con fuerza; permanecía firme. Y dentro de él, algo comenzó a calentarse. Tal vez —pensó— la Navidad no sea solo luces y pantallas. Tal vez sea ese instante en que aprendes a levantar la mirada.

Se sentaron juntos, al principio en silencio, como reaprendiendo a compartir el espacio sin pantallas ni distracciones. Poco a poco comenzaron a llegar otros, al principio tímidos, con pasos inseguros. Un anciano trajo una vela, protegiendo la llama con las manos, y alguien más tarareó una vieja canción que pronto se unió a otras voces. Una mujer habló por primera vez en mucho tiempo, compartiendo miedos y esperanzas que había ocultado, y aquella confesión abrió un camino: las palabras comenzaron a fluir y las personas recordaron lo que significa escuchar y ser escuchado.

La luz se multiplicaba. No nacía de lámparas ni de cables, sino de la presencia. De las miradas que se encontraban. De silencios que no separaban, sino que unían.

Y entonces, como si hubiera oído ese llamado tácito, el bosque de El Bosque Plateado pareció acercarse. No con pasos ni sonidos, sino dentro de la conciencia de las personas. Los recuerdos se desprendieron de las raíces y subieron a la superficie, como el agua que vuelve a encontrar su cauce. Recordaron quiénes habían sido antes de aprender a vivir con prisa, antes de olvidar por qué se necesitaban unos a otros.

Cuando regresó la electricidad, nadie se apresuró a volver a casa. Las pantallas se encendieron, pero permanecieron mudas. Por primera vez, no tenían nada urgente que decir. Habían perdido —aunque solo fuera por un instante— su poder.

Nicolás tomó la mano de su madre. La sostuvo con fuerza, no por miedo, sino como una promesa. El abuelo Jacobo apoyó el farol en la raíz del árbol. La llama siguió ardiendo con calma, como si por fin hubiera encontrado su lugar.

Y el Bosque Plateado volvió a iluminarse. No por las pantallas, sino por los valores. No por una memoria nostálgica, sino por una memoria viva. Por personas que recordaron.

Porque, al final, las luces más verdaderas no se encienden con un interruptor. Se encienden cuando el bosque de la memoria se encuentra con la luz del corazón.

Y entonces se volvió evidente para todos: la Navidad no pertenece a calendarios, símbolos ni religiones. Pertenece al instante en que el ser humano se detiene y se vuelve hacia el otro. Al momento en que la generosidad vence a la indiferencia, en que el silencio se transforma en escucha, en que la luz no se impone, sino que se comparte.

En cada rincón del mundo, con nombres distintos y relatos diferentes, la Navidad sucede cada vez que alguien recuerda que no está solo. Cada vez que una comunidad renace a través de la solidaridad, la dignidad y el cuidado mutuo.

Y quizá ese sea el mayor milagro de todos: que, incluso en la oscuridad, el ser humano siga siendo capaz de encontrar el camino hacia la luz —no solo para sí mismo, sino también para los demás.

Sobre Aikaterini Vergetaki Peirasmaki

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Doctora y posdoctora en el ámbito de las ciencias de la educación y de la literatura, ejerce actualmente como profesora de lengua y literatura francesas en Francia. Su trayectoria académica se ha desarrollado en un marco internacional y plurilingüe, con una sólida formación investigadora y docente, así como con una participación activa en congresos internacionales tanto en Europa como en América Latina.
Su trabajo de investigación se apoya en una metodología interdisciplinaria, que articula el análisis literario, los enfoques didácticos contemporáneos y las ciencias de la educación. En este marco, estudia las representaciones de la naturaleza bajo el prisma de la tercera ola de la ecocrítica, explorando los vínculos entre literatura, ecología y educación, así como su potencial formativo en contextos escolares y universitarios.
Paralelamente, desarrolla una línea de investigación dedicada a la inteligencia artificial aplicada a la educación, centrada en el diseño de nuevas prácticas pedagógicas, el acompañamiento del profesorado y la reflexión crítica sobre los usos éticos y responsables de las tecnologías emergentes en la enseñanza de las lenguas y la literatura.
Su recorrido profesional y creativo se ha ido construyendo en el cruce de lenguas, enseñanza y escritura. El multilingüismo y la literatura ocupan un lugar central en su vida, no solo como ámbitos de estudio, sino también como espacios de encuentro, transmisión y sensibilidad compartida.
Reconocida por su carisma y su capacidad comunicativa, concibe la docencia y la investigación como prácticas profundamente humanas. Cree firmemente en la fuerza de la palabra escrita como vínculo y participa con entusiasmo en proyectos colectivos que celebran la creatividad, la reflexión crítica y la voz singular de cada autor.

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