Autora: Magda Antich García
Ilustraciones: Canva
Hola, soy Cristina y tengo diez años. Vivo en la calle Felicidad, en la casa 85. Y os voy a contar una leyenda antes de referirme el susto que me llevé el año pasado…
La leyenda cuenta que, hace más de uno o dos siglos, una familia llamada Los Prici perdió todo el espíritu navideño en plena navidad.
Al día siguiente todo se volvió gris en esa casa, y la casa se quedó sin habitantes, que aparentemente habían desaparecido.
En ese momento yo no prestaba atención a eso de las leyendas de miedo y todo eso. Pero…
Era el veinticuatro de diciembre cuando llegué a mi casa después de haber ido a comprar fruta a la tienda de la esquina. Yo sinceramente pensaba que iban a estar todos —mis padres, hermanos y abuelos— preparando cosas para nochebuena, pero no: cada uno estaba en lo suyo y nadie en la navidad. Mi abuela M. Dolores tejía unas cortinas; mi abuelo Fernando leía un libro sentado en su sillón; mi padre teletrabajaba como siempre a esas horas; mi madre hablaba por teléfono con una amiga; mi hermano Martín jugaba al Roblox, y mi hermana Laura celebraba una merienda con sus peluches.
Ese espectáculo me decepcionó, la verdad, pero para animar a todos y animarme, anuncié teatralmente: —Vamos a cocinar un pastel. —Se volvieron a mirarme… y volvieron a ocuparse en lo que estaban haciendo.
Medio desesperada, insistí: —¿Qué queréis hacer esta noche?
Nadie me respondió, ni siquiera me miraron. Harta de todos y de que me ignoraran de esa manera, amenacé alzando más la voz: —Me voy a dar un paseo, adiós.
Para desahogarme trepé a lo más alto de una montaña que hay frente a mi casa, a solo diez minutos a pie. Permanecí mucho rato en la cumbre, con la mirada perdida en el horizonte. Me sentía triste y sola, no sabía qué hacer. Pasado un buen rato regresé a casa; cuando entré, no había nadie. Recorrí todas las habitaciones. ¡Nadie! Todo estaba gris.
—¿Papá, mamá…? —Nadie contestó.
—¿Abuelo, abuela?, ¿Martín, Laura? —. Solo respondió el silencio.
—No tiene gracia —Volví a hablar para mí misma.
Después de una larga búsqueda por todos los rincones me cansé y, desanimada, dije entre lágrimas: —¡No puedo más!, no entiendo qué ha pasado.
Entonces cerré los ojos y me puse a recordar momentos divertidos, como cuando mi padre me enseñaba a montar en bici y yo me caía y me enfadaba con la bici; cuando mi abuela, mi madre y yo hacíamos pasteles, y yo me comía la mitad de la masa; cuando mi abuelo me enseñaba a leer, o cuando mi hermana, mi hermano y yo jugábamos a la cafetería.
Cuando volví a abrir los ojos… ¡ocurrió algo increíble! Estaban todos sentados a la mesa en animada conversación, y la casa resplandecía maravillosamente decorada. Mi madre me invitaba, sonriendo: —hija, ven a sentarte a mi lado. Me acomodé, feliz, junto a ella, y repasamos juntas los mejores momentos del año.
La noche fue inolvidable, nos lo pasamos genial hablando y recordando.
Fue la mejor noche de mi vida, después de haber sido la peor durante unas horas que me parecieron siglos.
Sobre Magda Antich García.
10 años. La Cala del Moral (Rincón de la Victoria, Málaga, España). Colegio León XIII
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