Friday, February 20Revista digital ISSN 2744-8754

Jorge en una guerra loca

Autor: Juan Manuel Ferrer Cardona

Ilustrador: Juan Manuel Ferrer Cardona

Jorge, que debe incorporarse al servicio militar, toma una decisión arriesgada, y decide presentarse con un gorrito de Navidad para dar una sorpresa a los que van a ser sus compañeros y contribuir con un aire festivo al primer encuentro. Pero la sorpresa se la lleva él, porque cuando abre la puerta del cuartel se tropieza con un gracioso espectáculo: ¡todos, mandos y soldados, salen a saludarlo vestidos de Papá Noel!

No tarda en dar con la explicación: todos eran amigos de sus tiempos del colegio, también los mandos: el capitán era el profesor de Matemáticas.

Además, no había prisa y disponían de tiempo para celebrar a lo grande. La guerra que les espera con sus vecinos de Locolandia se había retrasado un día.

Lo cierto es que Jorge nunca había estado en una guerra tan original; bueno, si se puede decir que eso era una guerra, porque, cuando llegó el momento de empezarla, los soldados enemigos aparecieron también disfrazados de Papá Noel, de color verde, para distinguirse de los otros. Y en vez de liarse a tiros, empezaron a intercambiarse regalos. Y todo porque uno de ellos, Flavio, se había convertido en el mejor amigo de Jorge en un campamento de verano en el que participaban niños de los dos países que ahora estaban en guerra.

Pero la mayoría de los regalos se los llevaba Jorge, porque era su cumpleaños y, además, el más popular del ejército de Pasmolandia, país enfrentado con Locolandia por cuestiones de fronteras, por las historias que les había contado Flavio el locolandés. Tantos presentes recibió Jorge que tuvo que ir corriendo a una tienda a comprar una maleta mágica, que se estiraba conforme le iban entrando regalos.

Aprovechando un momento de debilidad de los jefes, los soldados de los dos ejércitos se pusieron de acuerdo para conseguir un descanso el primer fin de semana de guerra. Y Jorge, que echaba de menos a su familia, se dispuso para ir a visitarla, aunque fuera una escapadita rápida. El camino no era largo, pero el último tramo se adentraba en un bosque muy oscuro, y era fácil extraviarse. Además, había lobos muy enfadados con los hombres, porque eran tataranietos del lobo de Caperucita Roja, y siempre les pareció una barbaridad el trato que habían dado a su tatarabuelo Tiburcio, tan sólo por comerse a una ancianita.

El único lobo que no estaba enfadado era Manuel. Y Manuel, iba guiando a Jorge con sus aullidos. Lo condujo hasta un claro del bosque donde había una cabaña abandonada. Y, cuando Jorge se acercaba a la cabaña, se llevó un buen susto: de improviso empezaron a salir de la cabaña sus compañeros de la guerra, todavía disfrazados de Papá Noel, que saltaban y bailaban, locos de alegría, dispuestos a continuar la celebración de su cumpleaños.

Los soldados enemigos, los de Locolandia, que no quisieron ser menos, se sumaron a la fiesta-sorpresa. Habían aguardado pacientemente a que les tocara el turno, camuflados de setas. Y, en el momento oportuno, se quitaron el disfraz, y se mostraron con los trajes verdes de Papá Noel que habían estrenado en la última y peculiar batalla.

Abusando de la generosidad de los jefes de los dos ejércitos, prolongaron los festejos un día más de la cuenta, convencidos por las razones que les dio Flavio: “¿por qué no tomarse las cosas con calma y un poquito de guasa?”. ¿Y qué mejor modo de rematar la jornada que ir todos a la discoteca de Pablo, que antes de enrolarse en el servicio militar había sido un famosísimo disk jockey?

Cuando se despeja la pista de baile llega una nueva sorpresa. Manuel había sabido aprovechar muy bien el tiempo transcurrido desde que condujera a Jorge a la cabaña abandonada: convocó una asamblea lobuna y explicó a todos los concurrentes que había pasado mucho tiempo desde el lamentable episodio de la abuela de Caperucita Roja, por lo que lobos y hombres debían acordar la paz. Propuso que la mejor estrategia para cerrar las viejas heridas sería sorprender a Jorge y a todos sus amigos (también los que habían sido sus enemigos hasta ese mismo día) con un regalito especial.

Dicho y hecho. Terminados los bailes, irrumpieron en la pista todos los lobos disfrazados de renos de Papá Noel. Y a todos y cada uno de los bailarines, los de Pasmolandia y los de Locolandia, regalaron una pareja de mascotas: lobeznos tocados con caperucitas rojas.

Sobre Juan Manuel Ferrer Cardona

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10 años. Cee (La Coruña, España). Colegio Plurilingüe Manuela Rial Mouzo

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