Autora: Paula Allo Castro
Ilustradora: Sofía Calo Castro.
Aquellos días de Navidad quedaron ya muy atrás en el tiempo. Una familia se disponía a celebrar las fiestas con mucho amor y mucha felicidad. Formaban esa familia cuatro personas, a las que se sumaba un gato adoptado el 8 de agosto de ese mismo año, Día Internacional del Gato. Félix, que así se llamaba el animalito, empezaba a convertirse en un miembro más de la familia.
Pablo, el padre, muy simpático y bromista, no paraba de cantar villancicos y de contar chistes en esas fechas navideñas, vinieran o no a propósito. La madre, Bárbara, encantadora y siempre optimista, se encargaba de preparar las comidas y los dulces propios de la navidad. Laura, la hija, ya adolescente, pasaba la mayor parte del día encerrada en su cuarto; y su tarea en esos días tan señalados consistía en decorar la casa. Al pequeño de la familia, Álex, muy alegre y a veces un poco travieso, le asignaron la responsabilidad de poner a punto el árbol de navidad, con todos sus adornos. Y, como Félix apenas llevaba cuatro meses en la casa, poco conocemos de él: lo que sí nos queda claro es su carácter muy juguetón, por lo que constituía una amenaza constante a cuanto objeto de decoración se le pusiera por delante.
Hoy se han levantado temprano. La casa desborda alegría en la víspera de la Nochebuena. La madre quiere que esté todo a punto para esa celebración tan importante, a la que concurrirán unos cuantos invitados, por lo que todos están muy atareados. Mientras Laura elabora una lista con las canciones que quiere seleccionar para esos momentos tan especiales, Bárbara prepara los dulces, Álex adorna las servilletas con divertidos dibujos, y Pablo ensaya nuevos villancicos y se esfuerza en ampliar su repertorio de chistes.
A las 12 del mediodía llaman a la puerta y asoma una cara seria.
—Buenos días. Trabajo en la inmobiliaria Techo Seguro, y traigo una orden para que desalojen la casa de inmediato.
No les queda otra opción que acatar ese ultimátum y organizar una precipitada mudanza a la palloza de los abuelos en O Cebreiro: una pintoresca construcción ovalada, sin tabiques interiores, cubierta por un tejado cónico vegetal. La vivienda está vacía desde que fallecieron los abuelos el año anterior.
A la carrera empaquetan todos los enseres, los suben a la vieja furgoneta y ponen rumbo al nuevo hogar. Con las prisas, no caen en la cuenta de que han dejado olvidado todo lo que habían estado preparando con tanto esmero para la celebración del día siguiente. Ni siquiera reparan en ese despiste cuando Bárbara avisa a los invitados de que la cena de Nochebuena se traslada a la casa de los abuelos, ¡a tres horas en coche desde Corcubión!
Dos horas después de haber dejado para siempre la casa donde habían nacido los niños, y donde habían sido tan felices, Pablo propone un descanso en una estación de servicio, para llenar el depósito de gasolina, ir al baño, comer unos bocadillos y estirar las piernas. Los adultos apenas pronuncian una palabra durante ese rato, mientras que los niños, olvidados de la pena, se revolucionan, brincan y recorren cada rincón de la gasolinera, de los servicios, de la tienda, del restaurante.
Reemprenden el camino, urgidos por las prisas de llegar a O Cebreiro antes de que se haga de noche. De pronto, Álex pregunta a todo pulmón: —¿Dónde está el gato?—. Todos se quedan petrificados. Pablo es el primero en reaccionar y da la vuelta, convencido de que encontrarán a Félix en el área de servicio de la autovía.
Desembarcan con angustia pero confiados en que aparecerá el gato en el rincón más insospechado. Se separan, cada uno buscará en un espacio de la estación de servicio: Álex, en la juguetería; Bárbara, en el restaurante; Pablo, en la gasolinera, y Laura en la tienda de música.
Lo que sigue es un absurdo total. El chico queda deslumbrado por un árbol de juguete que le parece muy bonito, y decide comprarlo previo un atrevido regateo. La adolescente Laura se ensimisma escuchando la canción “All I Want for Christmas Is You”, de Mariah Carey. El encargado de la gasolinera regala a Pablo un gorrito de Papá Noel, y se lo encaja en la cabeza mientras los dos estallan en carcajadas. Bárbara encuentra una receta de roscón de reyes muy parecida a la suya, pero mejorada.
Todos han quedado atrapados por una u otra tentación. Borran de sus recuerdos la tristeza del desalojo de la casa… ¡y también se olvidan de Félix! Peor aún: cuando recuperan la memoria del extravío de Félix, concluyen que resultará imposible localizarlo, pues en ningún sitio ha aparecido, y renuncian sin más a la búsqueda. Pero, cuando entran en la furgoneta, encuentran al bueno de Félix maullando en el maletero.
Otra vez rumbo a O Cebreiro, cada uno clavado en sus pensamientos y ocupaciones: Álex juega con el arbolito que le compró su padre a mitad de precio; Laura se abstrae en la lectura de “Harry Potter y el cáliz de fuego”; Bárbara da cabezadas, con el GPS en el seno, en una búsqueda infructuosa de la localización de la palloza de los abuelos en O Cebreiro, y Pablo lucha contra el sueño, con la vista clavada en las señales del asfalto. Es Félix —¿quién iba a decirlo?— el que a maullido limpio llama la atención de todos cuando divisa la palloza.
Entran en la casa, dejan sus pertenencias en el vestíbulo, los niños corren a elegir su rincón. Y los padres se llevan las manos a la cabeza: ¡olvidaron traer todo lo que habían preparado para la Nochebuena, y están ya en la víspera!
Han pasado unas cuantas horas de inquieto sueño, y amanece un 24 de diciembre al que no acompañan presagios alegres. Resignados, todos asumen que la Navidad es mucho más que adornos de colores, villancicos, mantecados, turrones, panettone y rosco de reyes. Lo importante y lo que convierte estas fiestas en algo irrepetible es la compañía de personas a las que queremos y que nos quieren.
El día va discurriendo pausadamente, con un deje de tristeza y de nostalgia. Entretanto, y con mucho sigilo, su nuevo vecino —hombre bueno y cotilla como el que más— ha corrido la voz de la llegada de la familia a O Cebreiro. Y el pueblo en pleno ha decidido celebrar la Navidad con ellos.
De pronto, en el momento más inesperado, ocurre algo sorprendente. Alguien llama a la puerta. Son sus familiares y amigos de Corcubión que, avisados por Bárbara de que la cena de Nochebuena se trasladaba a la casa de los abuelos, llegan en tropel. Tras ellos, medio pueblo de O Cebreiro. Entre unos y otros traen todo lo necesario para una cena fastuosa, con las viandas más sabrosas y los dulces más exquisitos.
Aquella Navidad quedó grabada en la memoria de la familia que, generación tras generación, repite el ritual del desahucio, la precipitada mudanza, el extravío de Félix y la sorpresa de última hora de una Nochebuena que trajo tantas y tantas lecciones de confianza en la Providencia de Dios.
Sobre la ilustradora:
Sofía Calo Castro. 10 años. Cee (La Coruña, España). CEIP Praia de Quenxe
Sobre Paula Allo Castro
10 años. Corcubión (La Coruña, España), CEIP Praia de Quenxe
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