Autora: Lidia Muñoz Almahano
Ilustradora: Paula Muñoz Almahano.
Cada día era más notable la Navidad, cada calle estaba inundada de decoraciones, y Bola sentía más y más el espíritu navideño.
—Mamá, papá, hay que montar el árbol ya, ¡la Navidad está a la vuelta de la esquina! —avisó el muñeco de nieve.
—Cuando lleguemos, lo pondremos —contestó su madre.
Esto emocionó a Bola, que llegó a su casa con la excitación de un niño de tres años cuando le dan su juguete favorito.
Desempaquetaron el árbol que llevaba guardado todo el año en el desván y, mientras lo montaban, su padre iba abriendo las ramas mientras que su madre y él se ocupaban de las decoraciones para el árbol. Sacaron una caja que estaba cubierta de polvo. Bola no pudo evitar un estornudo. Abrieron la caja y empezaron a colocar todos los adornos, hasta que se dieron cuenta de que faltaba lo más importante, ¡la estrella!
—¿Dónde está la estrella? No la encuentro en ninguna parte —se lamentó el muñeco de nieve, preocupado.
—Vamos a seguir buscando, a lo mejor está en otras cajas —lo consoló su padre.
Tras varias horas de búsqueda sin resultado alguno, Bola se deprimía cada vez más: ¿qué sentido tenía un árbol sin su estrella mágica? Triste, se fue a la cama, pues era bastante tarde y al día siguiente había quedado con su amigo, la galleta Lucas, y no quería estar cansado ya que iban a tener un maratón de películas navideñas.
A los pocos minutos cayó en un profundo sueño del que despertó en otro planeta que no había visto nunca. Miró por todos lados, buscando una mínima cosa que reconociera; pero no tuvo suerte, no sabía dónde estaba y eso le aterraba. Se quedó paralizado del miedo hasta que escuchó un ruido, y tras mucho dudarlo fue a investigar cuál era la causa de ese extraño sonido. Iba temblando, aterrorizado, pero a la misma vez con una pizca de curiosidad. Entre la densa vegetación que lo rodeaba encontró a un viejo conocido, su amigo Lucas.
—¿Qué haces aquí? ¿Sabes dónde estamos? Tengo mucho miedo —confesó Bola en voz bajita y temblorosa.
—No lo sé, estoy igual de perdido que tú, acabo de despertar aquí y tiemblo de miedo. Lo único que recuerdo es que, después de haber estado montando el árbol, me retiré a mi cuarto, muy triste porque no encontraba la estrella. Me eché sobre la cama y me quedé dormido —explicó Lucas.
—¡Yo también! Justo hice lo mismo que tú —exclamó Bola.
El cielo comenzó a cambiarse de color, y el color azul poco a poco se fue difuminando hacia un tono rosado. Parecía un precioso atardecer. Lucas y Bola se quedaron embobados mirando al cielo durante un buen tiempo hasta que uno de los dos vio un cartel pegado a un árbol. Se acercó lentamente, lo agarró y leyó: “Lluvia de estrellas. Atrapa la tuya si puedes y se cumplirán todos tus deseos”.
Se miraron el uno al otro y releyeron esas misteriosas palabras varias veces.
—Mira, Lucas, podríamos intentar atrapar una de estas estrellas para ponerlas en nuestros árboles. ¿No crees? —sugirió Bola.
—¡Sí, estaría bien! Pero no creo que podamos cogerlas desde aquí… — respondió Lucas algo desanimado.
Observaron que había una vereda que se adentraba en el bosque y la siguieron. Caminaron durante minutos que parecieron horas hasta que encontraron una cabaña. Llenos de curiosidad, entraron para ver si por casualidad había agua o algo de comida y, ya de paso, tomarse un pequeño descanso. Abrieron la puerta chirriante para encontrarse una sala totalmente vacía, sin rastro de nada ni de nadie. Se adentraron en la cabaña y encontraron una puerta al final de un oscuro pasillo. Cruzaron aquella puerta y, nada más dejarla atrás, descubrieron un cartel clavado en la pared que decía: “El mundo de las estrellas”.
—¡Ahí podremos atrapar las estrellas para nuestros árboles! —exclamó Lucas, emocionado.
—Me da miedo, pero ¡vamos! —reaccionó Bola.
Al atravesar el portal tropezaron y cayeron a tierra. Adoloridos, se levantaron y vieron unas señales que mostraban el camino hacia la lluvia de estrellas. Avanzaron por esa senda y al cabo de un buen rato notaron que cada vez hacía más calor.
—Oye, ¿no crees que hace un poco de calor? —preguntó Bola.
—Ahora que lo dices, sí, un poco, pero hay que seguir.
Ignoraron por completo el calor y siguieron caminando. Poco a poco Bola sentía que iba encogiéndose, hasta que cayó en la cuenta de que se derretía por momentos. Asustado, gritó a su amigo. Lucas se giró y, angustiado, miró a su alrededor para ver si encontraba algo que fuese útil para ayudar a su amigo. Agarró un cubo grande y le ayudó a meterse en él.
—Hay que ir rápido, Lucas. No sé si aguantaré tanto calor —apuró a su amigo el muñeco de nieve.
Lucas asintió y emprendió una carrera frenética para evitar que Bola se derritiera. Corrió y corrió hasta que se topó con una puerta en medio de la nada; tan grande era su desesperación por salvar a su amigo que, sin pensarlo dos veces, la atravesó.
Al abrir aquella puerta Bola se encontró en el espacio vacío: empezó a mecerse por la falta de gravedad, y salió volando del cubo. Gracias al frío del espacio recuperó su forma. Pero los dos amigos quedaron flotando en la nada.
Cuando estaban a punto de rendirse se fijaron en que, sobre ellos, había comenzado la lluvia de estrellas. Miles de estrellas caían como meteoritos. Trataron de agarrar alguna y, cuando parecía que Bola iba a alcanzar una, abrieron los ojos y despertaron. Todo se sentía tan irreal. ¿Se había tratado de un sueño? Sin encontrar la respuesta, todavía adormilados bajaron a desayunar con su familia y alcanzaron a ver sobre los árboles una brillante y hermosa estrella.
Sobre la ilustradora:
Paula Muñoz Almahano. 16 años. Málaga (España). Colegio Puertosol
Sobre Lidia Muñoz Almahano
16 años. Málaga (España). Colegio Puertosol
Ver todas las entradas de Lidia Muñoz Almahano