sábado, febrero 21Revista digital ISSN 2744-8754

Pirata

Autor: Freddy Mondragón Giraldo

Ilustraciones: Canva

La gente celebra con alegría la llegada de la electricidad, después de un largo daño en la planta eléctrica de la ciudad. La voz del locutor, con entusiasmo anuncia: —Ya llega, ya llega, pronto, pronto. Deja el suspenso y continúa la programación musical de la emisora. Durante ese día y los días consecutivos, proclama con euforia la llegada del mes más alegre de abrazos y risas.

En la televisión también se habla del momento por venir, de ese mes en el que todos los corazones se llenan de hechizos. Treinta días más, y habría llegado diciembre.

—¿Vieron en la tele las nuevas muñecas que vienen para diciembre? –pregunta Juliana brincando ante sus amigas, con una sonrisa que ilumina casi todo su rostro.

—¡Sí! —contestan a coro amigas y amigos.

—¿Y ustedes también quieren jugar con muñecas? —vuelve a interrogar Juliana a sus amigos, que la contemplan con los ojos abiertos por la sorpresa de una invitación tan loca.

—¡No!, nosotros solo queremos balones, pistolas o carros —contesta Julián, riéndose.

Entre las nubes se divisa un barrio de casas humildes, de pobladores que vienen de diferentes lugares huyendo de la más voraz pobreza o de la guerra. Sembraron sus casas en un terreno baldío, lleno de polvo y de color blancuzco, en un pueblo situado a la orilla de una carretera. Muchos escombros y residuos de la gran ciudad son desechados cerca del pueblo. Se descubre una arquitectura de sueños de poseer algo propio realizados; fachadas de casas hechas de retazos de residuos que aún tienen utilidad y son aprovechados por los habitantes para construir sus refugios; puertas hechas de tejas o maderas de diferentes formas; ventanas donde los vidrios están sustituidos por plástico o cartón. Los oficios habituales de sus pobladores son el reciclaje o la construcción, aseadoras de casas o vendedoras en el centro de la ciudad. Los niños y las niñas juegan libres: así se ensucien con el polvo que levanta la carretera, no dejan de reír.

—¿Cómo van a decorar sus casas? —pregunta Roberto al combo de sus amigos.

—Vamos a reciclar botellas de plástico, pintarlas y colgarlas en el árbol de navidad que mi papá encontró en el reciclaje —responde con entusiasmo David.

—Mi madre hace aseo en una casa y le regalaron unas lucecitas, esas que brillan de varios colores, porque los dueños compraron unas nuevas —añade Ángela.

—Nosotros vamos a pintar la casa, vamos a cambiarle el color a las tablas que se están descascarando —comenta Alejandra.

Los días van marcándose en el calendario, el entusiasmo de los chicos crece más, están a punto de salir de vacaciones de la escuela. La mañana está asoleada, un cúmulo de nubes se pasea por el cielo, el ruido de los motores de los grandes camiones inunda de ecos el barrio. Después de que niños y niñas hayan regado con agua los pequeños arbustos que han sembrado, suena el timbre que indica que el recreo ha finalizado. Algunos se quedan para arrojar maíz a las palomas que hay en el patio de la escuela.

—Niños, vamos para adentro, que ya terminó el descanso —les dice con voz amorosa, Carmen, la joven y nueva profesora que ha llegado para dictar las clases de cuarto de primaria.

–Niños y niñas, ¿qué van hacer ahora que llega diciembre con sus vacaciones?, ¿qué les gusta de diciembre?

—A mí me gusta visitar a mi abuela, cuando hace manjar blanco para vender, me gusta el olor y ese sabor dulce diferente a otros dulces… ¡Ah!, y me gusta raspar la olla, cuando mi abuela ha llenado todos los mates para vender —interviene Sergio, lamiendo un bombón.

—A mí me gusta el sabor de la natilla combinada con los buñuelos —añade Margarita, bostezando.

—A mí me gustan los villancicos y el aire alegre de la gente —se ríe, contento, Antonio.

—Bueno, ok, necesito que imaginen ideas para adornar el salón, voy a apuntar en el tablero todas las ideas que salgan y elegimos las más apropiadas para decorar el salón —dice la profesora Carmen, cogiendo una tiza y caminando hacia el tablero negro.

Después de varias ideas, se escogen las sencillas de realizar y que no requieran tener que comprar cosas, todo lo que se utilice tiene que ser reciclado, cada estudiante ya tiene asignados los elementos que han de traer para adornar el salón.

—Ahora, queridos niños y niñas, les enseñaré a hacer manualidades con papel, para que adornen en sus casas el árbol de navidad, les enseñaré a hacer animalitos en origami para el pesebre, y estrellas cortadas en papel para el árbol que pondremos en el salón. Bueno, alisten sus cuadernos, que ya es hora de regresar a sus casas —su joven profesora respalda sus palabras con una amplia sonrisa.

El grupo de amigos va por las calles destapadas, marcadas por el polvo que ha levantado al pasar un camión que se detiene más adelante. Del camión se baja un trasteo, también descienden varias personas mayores, una niña y un perro juguetón. El sol brilla más, porque se posa en el cielo ya hecho diciembre; en muchas casas queda solo la última hoja del almanaque, y la música se hace decembrina.

En la radio comienzan los villancicos mientras durante un parón en sus juegos habituales un grupo de niños y niñas trata de ponerse de acuerdo en una idea.

—Tenemos que ayudar a nuestros padres y no pedirles regalos para el día de la Navidad —dice Juliana con un tono serio.

—Podemos hacer un año viejo, cantar villancicos y pedir dinero para comprarnos juguetes, muñecas, balones y carros —propone un Sergio inspirado.

—Ya sé —concluye Lorena con gran entusiasmo, abriendo sus grandes ojos marrones. —Hagamos un Papá Noel, y nos inventamos una historia, como de que está enfermo, y que necesitamos plata para llevarlo al hospital para que se cure, porque si no se cura no habrá navidad ni regalos para nadie.

—Vamos al reciclaje, buscamos maderas, nos hacemos una carreta, y vamos a los demás barrios, y así podemos recoger más plata para los juguetes.

Todos se ponen a la tarea: unos buscan en su casa ropa vieja que ya no se utiliza para realizar el año viejo, y otros se dedican a buscar las maderas para fabricar la carreta.

—Ven para acá y juega con nosotros —invita Julián a una niña que es nueva en la cuadra.

—No sé, no los conozco —contesta la niña.

—Pues, si no juegas con nosotros, no nos conocerás —responde Sergio.

—Ven, no seas miedosa —anima Lorena.

—Es que no sé saltar la cuerda.

—No te preocupes, nosotros te enseñaremos cómo saltarla para que juegues con nosotros —sugiere Antonio, al tiempo que salta la cuerda.

—Vaya para la casa, Pirata —ordena la chica a su perro, que ha salido tras ella, feliz, moviendo la cola. Pirata es terco y no hace caso.

—Déjalo venir, que también le enseñamos a saltar la cuerda —suplica Isabela mientras todos se ríen.

—¿Cómo te llamas? —pregunta Sergio, guiñando un ojo.

—María —contesta la niña con timidez.

—Qué perro tan bonito —dice Isabela acariciando la cabeza de Pirata.

—Es el perro de mis abuelos y mi bisabuela, son felices con él, lo recogieron de la calle todo desnutrido cuando era un cachorrito, y le pusieron de nombre Pirata, por el parche negro que tiene en un ojo —les explica María.

A la mañana siguiente, el grupo de amigos comenta a la profesora su idea de año viejo. Ella se ríe y les explica que va a enseñarles a cantar los villancicos. De regreso a la cuadra donde viven, se ponen al trabajo: rellenan el muñeco de aserrín que les regaló el carpintero del barrio, le cosen la cabeza y le pegan una barba hecha con tiras de papel.

—¿Qué hacen? —pregunta María al acercarse a sus nuevos amigos. Y ellos le cuentan la historia.

—Ven con nosotros —la invita Juliana.

—No puedo, mi madre tiene que ir al centro de la ciudad a vender los chontaduros que cocina en las noches. Otras veces trabaja haciendo aseo en casas, y yo debo entonces ocuparme de cuidar a los abuelos y a la bisabuela —dice María con una nota de tristeza.

La pandilla va por las calles de los barrios cercanos, cantando y haciendo ruido con tambores hechos de tarros.

—Tengan, chicos, este billete: quiero que Papá Noel se cure y me traiga mis regalos –sonríe un señor.

—Pobre Papá Noel, se ve muy enfermito, tomen para que se cure –les dice una joven.

—Ay no, no me voy a quedar sin navidad si Noel se muere, acepten este dinerito para que lo operen —les dice una señora.

Cada día se sienten más felices, mucha gente se acerca, se ríe y les colabora. Esta mañana va Juliana a la tienda y pasa por el frente de la casa de María, la ve en la ventana, muy triste y llorando.

—¿Qué te pasa María? —le pregunta Juliana con mucha curiosidad y preocupación.

—Es Pirata, ayer lo atropelló un carro cuando salió corriendo detrás de mamá. Mis abuelos y mi bisabuela están muy mal, porque quieren mucho a Pirata. Se le quebraron las dos patas traseras, y hay que operarlo. Mamá dice que no le alcanza la plata y que la única opción es dormirlo, y yo no quiero.

Llegó el día tan deseado, el 24 de diciembre, pero no hay balones nuevos, tampoco carros a control remoto, ni pistolas de agua para jugar a los vaqueros, no hay muñecas de vestidos bonitos y limpios, no hay ropa nueva que estrenar, ni collares, ni pulseras para que se adornen las chicas. Todos los amigos están en la casa de María, ansiosos. Llega un taxi, se baja la mamá de María con Pirata en sus brazos, un poco maltrecho y con sus patas enyesadas.

Esa noche es la más especial de sus vidas. Se celebra la última novena, y se cantan los villancicos. María les reparte a sus amorosos amigos pastel de chontaduro que ella les ha preparado. Pirata está en el centro de todos, lo miran y ríen de lo travieso que es. Y Pirata les agradece su generosa bondad meneándoles la cola.

Sobre Freddy Mondragón Giraldo

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Egresado de Artes Plásticas del Instituto Popular de Cultura de Cali.
Ha dado a conocer sus obras en numerosas exposiciones desde el 2005 hasta la actualidad: Cali, Pasto, Miami…
Forma parte del Semillero de Investigación del Instituto Popular de Cultura de Cali.
También practica la poesía y la fotografía, y ha intervenido en recitales de poesía en Cali y participado en exposiciones de fotografía en la misma ciudad.

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