Friday, February 20Revista digital ISSN 2744-8754

Jacinta, la mascota

Autor: Manuel Ferrer Muñoz

Ilustradora: Paula Muñoz Almahano.

Juan Manuel escuchó hasta el final, con los oídos y los ojos muy abiertos, el relato de su mamá sobre la primera y única vez que se había escapado del hogar familiar, con sólo dos años. Y concluyó que resultaba vergonzoso que a sus siete años, recién cumplidos, nunca se hubiera enfrentado a solas con el mundo hostil. De modo que, sin más deliberación, amparado en las sombras nocturnas, casi a tientas, agarró su vieja y preciada maleta de falso cuero y, con la tenue luz de su vieja linterna de soldado, empezó a cargar el equipaje imprescindible: cepillo y pasta de dientes, una barra de desodorante de papá, un recorte de una toalla de baño de la playa, unas cuantas monedas de 50 céntimos, tres rollos de papel higiénico, cinco calzoncillos, su osito Canelo, una mantita y una provisión abundante de pasas, chocolate y frutos secos, por si en algún momento se requería disponibilidad de energía instantánea.

Cerró tras de sí la puerta de la calle, llenó sus pulmones del aire fresco de la noche que muy pronto daría paso a la alborada, ahogó un suspiro y atravesó sigilosamente el pequeño antejardín. Llegado a la cancela que daba a la calle, se detuvo un instante para observar el cielo que, aunque todavía oscuro, daba señales de que no tardaría en clarear. Al alcanzar la calle, dudó si enfilar a izquierda o derecha. Alzando un dedo mojado en saliva, y conociendo la dirección del viento, tomó a la derecha, calle Solidaridad abajo. Cuando dejó atrás el Campo de Fútbol, pensó que lo mejor sería girar a la izquierda e internarse campo a través, sorteando boñigas y cagarrutas, cristales rotos y pinchos, rumbo al huerto donde tantas veces había ido a jugar con su familia. Si acaso le vencía el sueño, se trataba de un lugar seguro para echar una cabezadita y continuar la marcha, con paso decidido, hacia ningún lado.

De improviso surgió un pequeño bulto tras unos matorrales. Niño y bulto se miraron con ojos asustados. El niño reconoció en el bulto a una linda lechona de color rosáceo; y la cochinita intuyó que tenía ante sí a un niño: al menos eso le pareció, pues nunca había visto a uno tan de cerca. Al mutuo sobresalto siguió curiosidad mutua por averiguar quién se había cruzado en el camino que el otro llevaba. Así, pues, llegó la hora de las presentaciones.

 

—¿Tú quién eres y qué haces aquí?

—Me llamo Jacinta y he llegado a este lugar dando tumbos, después de haberme caído de una camioneta en que viajaba con mis hermanas.

—Mi nombre es Juan Manuel, pero si me llamas Juanma te ahorras trabajo. Acabo de escaparme de mi casa para conocer mundo. Y te advierto que los cerditos como tú corréis peligro entre mi gente. Me daría pena que te ocurriera algo, porque tienes cara de buena cerdita; pero quédate tranquila, que yo te cuidaré si me prometes ser mi mascota.

—Hecho. Pero… ¿cómo se es mascota?

—Vosotras las chicas preguntáis demasiado. Además, no puedo explicarte gran cosa, porque nunca he tenido mascota; pero aprenderás con la práctica. Mira, lo primero será andarse con cuidado, para que nadie te vea y quiera encajarte una manzana en el hocico para que así aparezcas más sonriente. Camina detrás de mí, sin alejarte. Si veo moros en la costa, te avisaré.

—Bueno, pero, ¿por qué la manzana en el hocico para mostrarme más sonriente, qué son los moros y qué es la costa?

—Lo dicho. Habláis las chicas más de la cuenta. Con tanta cháchara, no tardará en ponerse el sol, y no quiero pasar la noche al raso. Acamparemos en Plaza Calvario, en pleno centro del pueblo; pero confía en mí, que ya he pensado un plan para que no llames la atención ni corras peligro. Envuélvete con esta mantita y, si nos cruzamos con alguien, pon cara de bebé humano. Una vez que lleguemos, enseguida entraremos en calor bajo la pérgola y el toldo que han instalado en la plaza, abrigados por la mantita y el papel higiénico, para que nos tomen por una bolsa llena de basura. Pero deberemos dar un buen rodeo, porque no puedo arriesgarme a pasar cerca de mi casa, no vaya a ser que me echen el lazo. Temo, además, que hayan pegado fotos mías en las paredes del pueblo con el letrero de SE BUSCA.

Aclaradas la ruta y las razones por las que se imponía un desvío para alcanzar sin excesivo riesgo la plaza principal del pueblo, Juan Manuel y Jacinta, bien avenidos y en perfecto orden de batalla —el niño delante, seguido por la cerdita disfrazada de bebé—, por si surgía algún imprevisto, acometieron la empinada cuesta de la calle Agricultores. El peso de la maleta y la responsabilidad de velar por su mascota iban restando energías a Juan Manuel, que no lograba evitar miradas furtivas en dirección a su casa, que quedaba a mano derecha del camino que seguían, a pocas manzanas. El niño sentía una gran congoja en su corazón al imaginar el drama que estaría desarrollándose en su hogar; pero había asumido una misión que debía cumplir: y salvar la vida de su mascota justificaba los más heroicos sacrificios.

Para darse ánimos y engañar las tripas, que protestaban por la falta de alimento, Juan Manuel echó mano de la escasa ración de pasas, chocolate y frutos secos, que, repartida a medias con su mascota (menos el chocolate, que está prohibido a los chanchos), se volatilizó enseguida. Y, cuando su resistencia parecía vencida, y su pensamiento empezaba a coquetear peligrosamente con la idea de rendirse, abandonar la empresa y a Jacinta, y remedar la historia del hijo pródigo que había oído contar a una catequista de la parroquia, sobrevino una visión tan estupenda que tuvo necesidad de pellizcarse para estar seguro de que no se trataba de un espejismo.

Al acometer el último tramo de la calle Agricultores, cuando casi se deja atrás el anfiteatro contiguo al Polideportivo, hay a mano derecha un muro de escasa altura que delimita el recinto. Los transeúntes, cansados por la inmisericorde cuesta arriba, suelen sentarse en ese poyete a reponer fuerzas mientras contemplan el espléndido paisaje que se vislumbra desde lo alto. Pero quiso la fortuna que ese día reservara una sorpresa inesperada para el bueno de Juan Manuel: allá, delicadamente acomodado sobre una amplia y pulcra servilleta de papel, reposaba el más hermoso bocadillo de jamón serrano que había contemplado en su vida. El niño lo examinó con arrobo; luego miró de refilón a Jacinta y, sensible como era, comprendió que debía evitar un sufrimiento innecesario a su mascota, que, a fin de cuentas, podía ser pariente más o menos próximo del marrano reconvertido en jamón. Pero el bocadillo había atrapado su mirada y gobernaba sus pensamientos.

—Jacinta, es costumbre del pueblo que la primera vez que se visita el anfiteatro hay que dar una vuelta al ruedo con los ojos cerrados, recordando los viejos tiempos en que estas piedras formaban parte del graderío de la cancha de fútbol. Y las tradiciones mandan. Cumple el ritual, y tómate tu tiempo, mientras yo acabo de planear las próximas horas.

La cerdita, como mascota entendida, se puso a la tarea. Y antes de que hubiera dado diez pasos, a su trotecito lento, Juan Manuel engulló el bocadillo, arrebatado por el hambre y por el noble propósito de ahorrarse unas explicaciones que sólo podían entristecer a Jacinta.

—Juanma, ¿sigo dando vueltas? Empiezo a marearme ya. Además, estoy muertecita de hambre y me parece que no me alcanzarán las fuerzas para llegar a esa plaza donde dices que vamos a dormir.

El zarpazo de la mala conciencia afligió a Juan Manuel. ¡Agotadas las provisiones de la maleta y volatilizado el bocadillo de jamón caído del cielo, había dejado desatendida a Jacinta, como si las mascotas desconocieran lo que son las ganas de comer! Acudió de pronto a su memoria el recuerdo de la leyenda sobre las propiedades prodigiosas del viejo graderío, de las que tanto había oído hablar sin prestar mayor atención a lo que hasta ese día había despreciado como un cuento chino. Se sobrepuso a su escepticismo, y se encomendó a la fuerza de las tradiciones para no dejar morir de hambre a Jacinta.

—Haz lo que yo te diga, sin rechistar; y, sobre todo, sin pronunciar palabra y sin abrir todavía los ojos. Diez pasos hacia delante. Giro a la izquierda, y otros diez pasos a la izquierda. Alto. Giro a la derecha. Otro giro a la derecha, y cinco pasos hacia atrás. Ahora da la vuelta, abre los ojos y sírvete todo lo que contenga la cajita que verás sobre el muro… si hubiera una cajita sobre el muro —en su interior, Juan Manuel dudaba de la energía mágica de aquel rincón del pueblo, que nunca hasta entonces había llamado su atención. Muchas veces había jugado al fútbol en la pequeña explanada situada al pie de las gradas, pero nunca se le ocurrió inspeccionar las alturas ni tomarse en serio una historia que solía desdeñar como consejas de viejas.

Juan Manuel no se atrevía a mirar hacia el lugar que él mismo había indicado a Jacinta; pero, tímido y vacilante, dirigió sus ojos a la carita de la mascota, toda regordeta, que podía contemplar de perfil. ¡Sonreía! Armado con el valor que le insufló esa expresión de contento, giró el cuello hacia el sitio donde se había prendido la alegre mirada de Jacinta, y divisó una cajita cubierta por una servilleta de papel, pulcra y amplia, como la que envolvía el bocadillo de jamón que generosamente se había cruzado en su camino, apenas hacía unos instantes, para acabar en su barriguita. Estirando el cuello, descubrió con asombro que la caja contenía una macedonia de manzana, pera, naranja, sandía, melón, plátano, piña, uvas y arándanos, que, según decía su libro de ciencias naturales, era, después de las bellotas, el manjar preferido por los cochinos.

Renovados los ánimos y con nuevos bríos, enseguida y antes de la hora prevista alcanzaron la Plaza Calvario, donde les esperaba una sorpresa colosal que a punto estuvo de provocarles cortes de digestión y aflojarles las tripas: el espacio que Juan Manuel había elegido para pasar una noche íntima, abrigadita y discreta, sin ruidos ni molestos acompañantes que pudieran poner en peligro a Jacinta, se hallaba convertido en centro de reunión donde se había congregado medio pueblo alrededor de un belén viviente cuyos personajes empezaban a llegar y a buscar acomodo en la cueva improvisada junto al quiosco, alrededor de María y de José que, previsoramente, se habían adelantado a pillar sitio portando un cochecito de bebé con su Niño Jesús y todo.

No tardó Juan Manuel en percatarse del peligro en que se hallaba la lechoncita, que, si no actuaba con diligencia, podía acabar transformada en embutidos que se despacharían en La Comuna y en el Bar María, los dos establecimientos de comidas de la plaza, que en diciembre hacían su agosto.

Convencido de que el disfraz de bebé no colaba, y de que los tres rollos de papel higiénico resultarían insuficientes para cubrir el rechoncho cuerpo de Jacinta, que, tumbado, parecía una montañita, Juan Manuel acometió, frenético, la toma de decisiones, e introdujo a Jacinta en el portal, junto al buey y la mula, frente a María, José y el Niño. Rodeaba a la Sagrada Familia una legión de pajes de Reyes Magos, de pastores y de gallinas que, asustadas, levantaban a su alrededor auténticas nubes de plumas. A juzgar por la ausencia de camellos, los Reyes Magos iban a hacerse esperar un poquito más. En ese belén viviente ningún niño se había avenido al papel de caganer, que comportaba la pública exposición del trasero, por lo que faltaba también ese importante personaje.

Jacinta, mascota aplicada y comedida, se dejaba llevar sin rechistar, y observaba todo con creciente atención. Apreció el buen criterio con que el buey y la mula se pusieron a organizar los turnos que les permitirían dar calorcito al Niño Jesús con el aliento de sus hocicos, sin que ninguno de los dos tuviera que realizar un esfuerzo excesivo. Como Jacinta no era nada vergonzosa ni retraída, les felicitó por el acuerdo, tan razonable, e incluso se ofreció a colaborar en esos relevos, tan necesarios en una noche de perros como aquélla.

La algarabía que reinaba en la plaza no impidió que, poco a poco, fuera corriéndose la voz de lo que algunos empezaron a considerar un milagro: ¡una cerdita emulando al buey y la mula en su preocupación amorosa por el chiquillo medio muerto de frío que lloraba en brazos de María ante la mirada impotente de José!

Juan Manuel no pudo resistirse a lo que le inspiraba su corazón, por más que la cabeza adujera acobardadas razones de prudencia que rechazó. Y, sin excesivas reflexiones, echó a correr cuesta abajo por la calle La Pava para anunciar el portento a su familia, como habían hecho los pastores de Belén unos cuantos siglos antes. Y sus padres, aturdidos por sus voces y su exaltación, no tuvieron más remedio que seguir al niño, que repetía una y otra vez: “¡venid a ver a Jacinta, la cerdita milagrosa!”.

Ya en la plaza, la congregación de vecinos era tal que acercarse al belén constituía una proeza. Pero Juan Manuel arrastraba a sus padres, y éstos a Josemaría, hermano de Juan Manuel, mayor que él y por eso más sensato, que se había visto involucrado, sin saber cómo ni por qué, en la imprevista peregrinación nocturna al portal de belén. Cuando estuvieron todos ante el pesebre cayeron de rodillas, arrobados por la beatífica sonrisa de Jacinta, cuyos sonrosados carrillos exhalaban aire tibio sin cesar, al margen ya de los turnos establecidos con sus compañeros de pesebre para caldear el ambiente de la cueva donde acababa de nacer Jesús.

¿Hará falta que os confirme que esa misma noche Juan Manuel logró que sus padres aceptaran una mascota en casa, que esa mascota se llamaba Jacinta, y que a nadie se le ocurrió reñir al niño aventurero por haber abandonado el hogar sin pedir permiso?

Sobre la ilustradora: 

Paula Muñoz Almahano. 16 años. Málaga (España). Colegio Puertosol

Sobre Manuel Ferrer Muñoz.

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Doctor en Filosofía y Letras, Sección de Historia, por la Universidad de Navarra (España), y Licenciado en Filosofía y Letras, especialidad de Historias, por la Universidad de Granada (España).
Director del Servicio de Asesoría para Investigadores en Ciencias Sociales y Humanidades (desde noviembre de 2018). Presidente de la Asociación Somos Axarquía (desde octubre de 2020).
Docente a tiempo completo en la Universidad Técnica del Norte (Ibarra, Ecuador), desde julio de 2015 a septiembre de 2016 y desde septiembre de 2017 a octubre de 2018; de la Universidad Técnica de Esmeraldas Luis Vargas Torres (Ecuador), desde septiembre de 2016 a octubre de 2017; de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, Sede Ibarra (desde enero a julio de 2015); Becario Prometeo en el Instituto de Altos Estudios Nacionales (Quito, Ecuador), desde 2013 a 2014; Investigador Titular "C", Tiempo Completo, en el área de Historia del Derecho, en el Instituto de Investigaciones Jurídicas, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), desde 1994 hasta 2003.
Investigador de la Red de Investigadores sobre Identidades Nacionales y del Grupo Identidad, Educación y Paz en América Latina. Coordinador general del Centro Europeo de Estudios sobre Flujos Migratorios (Gran Canaria, España), desde 2003 hasta 2013. Secretario y director de investigación en el Centro de Estudios de Humanidades (Gran Canaria, España), desde 1990 a 1994.
Coordinador y autor de algunos cuentos del libro El mundo de Misifú. Asesor y director de seminarios de investigación en Ciencias Sociales y en talleres de escritura creativa.
Autor de 30 libros, 30 capítulos en libros, 90 artículos científicos y 49 ponencias en Congresos.

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