Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos en educación, y sin embargo lo cambia todo:
¿Para qué educamos?
No cómo educamos.
No qué método usamos.
No qué currículo seguimos.
Sino algo mucho más profundo: ¿con qué propósito acompañamos el aprendizaje de nuestros hijos?
Muchas veces, cuando intentamos responder, aparecen respuestas rápidas y razonables:
para que tengan un buen futuro, para que sean independientes, para que tengan oportunidades, para que puedan elegir.
Todas son válidas. Pero si miramos con más calma, ninguna habla realmente de quién queremos que llegue a ser esa persona.
Vivimos en una cultura que entiende la educación, sobre todo, como preparación. Preparamos para el siguiente curso, para el siguiente nivel, para la universidad, para el trabajo. Preparamos siempre para un después.
Y sin darnos cuenta, corremos el riesgo de pasar años preparando a nuestros hijos para una vida que aún no existe, olvidando acompañarlos en la vida que ya están viviendo.
Educar no debería ser una carrera. No debería ser una acumulación de contenidos, ni una lista interminable de objetivos por cumplir. Educar, en su sentido más profundo, es un acto humano: es acompañar a otro ser humano a comprender el mundo y a comprenderse a sí mismo dentro de él.
Educar no es llenar.
Es despertar.
Despertar la curiosidad.
El pensamiento crítico.
La capacidad de hacerse preguntas.
La confianza en uno mismo.
Más importante que “saber muchas cosas” es aprender a pensar, a elegir, a relacionarse, a tolerar la frustración, a volver a intentarlo.
Por eso esta pregunta es tan poderosa:
¿Educamos para producir… o educamos para vivir?
¿Educamos para que nuestros hijos encajen en el sistema?
¿O para que entiendan el mundo y encuentren su lugar en él?
No es lo mismo formar estudiantes eficientes que acompañar personas en crecimiento.
No es lo mismo optimizar rendimiento que cultivar sentido.
Aquí, la mirada homeschooler tiene algo profundamente valioso que ofrecer. La educación en casa nos permite volver al origen: poner a la persona en el centro. No al programa. No al ritmo externo. No a la comparación constante.
Educar en casa es, muchas veces, educar para que el niño o el adolescente se conozca. Para que descubra qué le interesa, cómo aprende, qué le motiva. Para que entienda que su valor no depende de una nota, de una prueba o de un resultado.
Educar para pensar por sí mismo.
Para tomar decisiones con criterio.
Para construir relaciones sanas.
Para adaptarse a un mundo cambiante.
Para vivir con sentido.
Y quizá, al final, la pregunta más honesta sea ésta:
Si tu hijo dentro de veinte años te preguntara:
“¿Para qué me educaste?”,
¿qué te gustaría poder responderle?
No: para que fueras el mejor.
No: para que no te equivocaras.
No: para que no sufrieras.
Sino algo más simple y profundo:
para que te conocieras,
para que aprendieras a pensar,
para que fueras libre,
para que supieras vivir.
Porque, al final, quiero pensar que educamos no para que nuestros hijos sepan más, sino para que comprendan mejor el mundo y encuentren su lugar en él.
Sobre Josune Segovia Bueno
Madre homeschooler, experta en Educación Alternativa
Ver todas las entradas de Josune Segovia BuenoAsesora pedagógica en Clonlara School, programa en español
Te acompaño a encontrar tu Ikigai, ya seas adolescente o adulto.